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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 63

—¡Los que no saben manejar son ustedes! ¡Ganaron con sus porquerías de siempre, son unos tramposos!

Si matar no fuera un delito, Mauricio habría acabado con esos tres en ese mismo instante. ¡Nadie se metía con sus amigos!

Neil resopló.

—Ustedes en Nueva Córdoba tienen un dicho, ¿no? Algo así como que «la historia la escriben los ganadores». Perdiste y punto. ¿O qué, señorito Mauricio? ¿No sabes perder?

Neil no se atrevía a meterse directamente con Mauricio por el poder de la familia Ortega en Nueva Córdoba, así que había enfocado su ataque en uno de los miembros de su equipo. Y había funcionado. Mauricio era un tipo leal, y al ver a su amigo herido, había abandonado la carrera.

—Oigan, ¿vamos a competir o no? Si no, lo tomaré como que se rinden —intervino Almendra de repente, cortando la discusión.

Neil se giró hacia ella con una sonrisa maliciosa.

—¡Claro que sí! ¡Por supuesto que competimos!

—Entonces empecemos ya. Mi tiempo es valioso —dijo Almendra, mirándolos con claro desdén.

Neil pensó que Almendra era solo una niñita ingenua y arrogante. Si tanta prisa tenía por desnudarse para ellos, él con gusto le cumpliría el deseo.

Mauricio, al entender lo que estaba pasando, se dirigió a Almendra.

—¿Vas a competir contra ellos?

—Sí —asintió ella.

—¡No!

Mauricio se negó en redondo, sin pensarlo dos veces.

Aunque el nivel de Almendra en la moto fuera superior al suyo, Neil y sus amigos eran unos desgraciados sin escrúpulos. Unos tramposos que no respetaban ninguna regla y jugaban sucio sin límite. Una chica como ella no podría contra sus mañas.

Neil, al ver que Mauricio intentaba detenerla, se burló.

Mauricio, al ver que no podía convencer a Almendra, le dijo algo rápido a su compañero herido. Neil y sus secuaces ya habían encendido sus motores, así que él también se puso el casco y se subió a su moto a toda prisa. Tenía que seguirlos. Si no lo hacía, temía que a Almendra le pasara algo.

Las motos de Neil y sus amigos estaban atravesadas en el camino, con Almendra detrás. En cuanto se subieron, sin ninguna regla de por medio, salieron disparados entre gritos.

Una sonrisa gélida y seductora se dibujó en los labios de Almendra. Quienes la conocían bien sabían que esa sonrisa significaba que alguien estaba a punto de pasarlo muy mal.

—¡Almendra! ¿Qué estás esperando? ¡Alcánzalos! —gritó Mauricio al ver que ella no se movía y que los otros ya casi desaparecían en la distancia.

Pensó que ella, confundida por la salida tramposa de Neil, se había quedado esperando una señal.

Almendra se giró a verlo y, como un instructor a su alumno, le dijo:

—Pon atención.

Dicho esto, aceleró de golpe. La moto salió disparada con un rugido ensordecedor, como una sinfonía salvaje. El humo negro del escape se retorció en el aire como un dragón antes de desvanecerse en la nada.

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