Frida dio una vuelta por el dormitorio. El ambiente no estaba mal, pero la habitación no contaba con lavadora ni secadora propias.
Aunque la encargada del edificio acababa de decir que cada edificio tenía un centro de lavado común, a Frida le parecía sumamente incómodo que tanta gente compartiera las mismas máquinas.
—Alme, la residencia de la Universidad Médica La Concordia tiene de todo, menos lavadora y secadora. Vas a estar en la universidad varios años, esto es muy poco práctico.
—No pasa nada, mamá. Todo el mundo le hace así.
Frida lo pensó un par de segundos y dijo:
—Cuando regrese, le diré a tu papá que done una lavadora y una secadora para cada dormitorio. Vi que en el balcón hay espacio para instalarlas. Me encargaré de eso en cuanto llegue, para que queden listas antes de que empiece a hacer frío.
Almendra parpadeó al escucharla, pero no se opuso.
Que las pongan si quieren, que lo tomen como obra de caridad. Hay que admitir que su madre pensaba en todo.
Frida se puso a tenderle la cama a Almendra y a acomodar sus artículos personales. Almendra solo llevaba tres maletas; una estaba llena de ropa de cama, así que fue rápido.
—Mamá, deja eso, yo termino.
Frida no quería irse, pero aún tenían que llevar a Betina a su universidad, así que no se quedaron mucho tiempo. Antes de salir, le insistió una y otra vez:
—Alme, cuídate mucho aquí en la escuela. No te mates estudiando. Si en la noche no tienes mucha carga, vete a la casa.
Almendra curvó los labios y asintió:
—Está bien.
Apenas se fue Frida, dos chicas entraron arrastrando dos maletas cada una.
—La 209, sí, es aquí…
Al empujar la puerta, vieron a Almendra organizando su escritorio.
—¡Wow! Hola, compañera, llegaste súper temprano.
Almendra giró la cabeza para mirarlas. En ese instante, las dos se quedaron heladas.
¡Madre santa! ¿Su compañera de cuarto era así de guapa?
Y con ese porte tan elegante… ¡Casi les da un infarto!
—Hola.

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