Victoria se retorció un poco, incómoda, y en medio de su letargo sintió que la sensación provenía de un lugar muy íntimo.
Abrió los ojos y vio a Saúl incorporándose. Las cortinas de la habitación estaban cerradas, dejando solo una estrecha franja por la que se filtraba la luz, iluminando directamente el pecho desnudo del hombre.-
El tenue resplandor dividía su cuerpo entre luces y sombras. Una mitad de él se ocultaba en la oscuridad de la noche, dejando solo el borde de su silueta al descubierto; la otra mitad estaba bañada en un ligero tono azulado, como si se reflejara la luz de la piscina de abajo.
Sus clavículas se marcaban con el movimiento de sus brazos, revelando unos músculos pectorales definidos que daban paso a un abdomen tonificado. Las venas de sus brazos resaltaban por la fuerza, y el final de su recorrido se perdía bajo el camisón de ella.
Doña Jimena, con la intención de asegurar una apasionada primera noche de bodas, había hecho desaparecer mágicamente todos los pijamas conservadores de su hija, dejándole solo una colección de camisones de tirantes con encaje que Victoria jamás había visto.
Ella había elegido el más recatado. Antes de dormir, asumió que él no tenía ganas de intimar.
—¿Despertaste? —preguntó él en voz baja.
Victoria apretó las sábanas con los dedos y soltó un tímido:
—Mjum.
Su respuesta sonó igualita al ronroneo de su gato, lo cual, en medio del silencio nocturno, creaba un ambiente tenso y abrumador.
—Creo que no vas a necesitar esa cosa del cajón —dijo Saúl de pronto. En la oscuridad, su voz resonó ronca, cargada de una seductora y peligrosa atracción magnética.
El tono de sus palabras le erizó la piel y provocó un cosquilleo en su estómago, pero ella aún no recobraba la lucidez.
—¿Ah?
—¿Te han besado alguna vez?
Preguntó Saúl.
—¿Qué? —Victoria dudó si seguía soñando. De lo contrario, ¿cómo era posible que, al despertar, sintiera que había caído en una película para adultos?
Saúl se inclinó hacia ella y apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo. Ante la innegable superioridad física del hombre, Victoria al fin despertó por completo.
Su flamante esposo, al parecer, estaba a punto de exigir los derechos maritales.
Los rasgos afilados y varoniles se aproximaron a ella. El corazón de Victoria empezó a latir a mil por hora mientras la mano de él se deslizaba por debajo de su camisón.
Las ligeras callosidades de sus dedos rozaron su piel radiante y suave. Victoria no pudo evitar un leve escalofrío.
—¿Tan sensible eres?
Cuando los dos se encontraron frente al lavamanos del baño para poner pasta en los cepillos, sus movimientos estaban extrañamente sincronizados.
Nadie imaginaría que, apenas horas antes, habían sido un par de extraños.
Siendo el cuarto principal, el lavamanos estaba dividido en dos secciones: claramente separadas, pero complementarias. Los mismos accesorios de baño de uso diario y el ambiente acogedor subrayaban el hecho de que ahora compartían una vida.
Victoria se lavaba los dientes despacio, echando disimuladas miradas de reojo a su acompañante. El hombre, con el torso al descubierto, no tenía mucha delicadeza al cepillarse y traía el cabello algo despeinado, lo que le daba un aire despreocupado y un tanto rebelde.
Como si hubiera notado su mirada, Saúl giró la cabeza para verla. Victoria apartó los ojos de inmediato y siguió cepillándose en silencio.
Saúl de repente sintió que estaba de muy buen humor. Esta esposa suya despertaba unas ganas irresistibles de devorarla.
Victoria notó que, al sonreír, a él se le formaba un ligero hoyuelo en la mejilla derecha.
Ella, por su parte, de piel tan suave y luminosa, con cualquier rubor adquiría un delicado tono rosado en las mejillas.
Saúl terminó de cepillarse y dejó el cepillo en el vaso sin pensarlo mucho. Victoria, prestando atención al detalle, acomodó el suyo de tal forma que el vaso y el cepillo tuvieran exactamente el mismo ángulo de inclinación que el de él.
Ahora todo era simétrico y se sentía mucho más a gusto.

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