—Eh...
El orientador forzó una sonrisa y miró a Aldana con ternura y afecto.
—Aldana, ¿tú sueles hacer deporte?
—No.
Aldana respondió con sinceridad.
El orientador, visiblemente incómodo, continuó preguntando:
—Entonces, ¿sabes jugar al tenis?
—Más o menos —respondió Aldana, parpadeando.
—Con ese cuerpecito que tienes... —El orientador se rascó el pelo, logrando a duras penas esbozar una sonrisa—. Correr y saltar... te podrías lastimar fácilmente. ¿Por qué no dejamos que otro compañero vaya?
Su estatus ahora era diferente.
En primer lugar, era el «tesoro» de la universidad; el Departamento de Informática dependía de ella para resolver muchos problemas difíciles.
Y en segundo lugar...
Ahora era la futura señora del Grupo Lucero.
Había oído hablar mucho de la importancia y el cariño que Rogelio le tenía.
Si le pasaba algo, no sería extraño que Rogelio demoliera la universidad.
«Olvídalo», pensó.
No era más que un humilde trabajador y no podía asumir esa responsabilidad.
—No se preocupe.
Aldana, con una expresión seria, dijo palabra por palabra:
—Le garantizo que traeré una medalla.
—¿Ah?
El orientador se quedó perplejo, la observó detenidamente, lleno de dudas.
—Profesor, si Aldana dice que puede, seguro que puede —intervinieron otros estudiantes para persuadirlo—. La conocemos desde hace tiempo y Aldana no es de las que hablan por hablar.
—Exacto, todos hemos visto lo que significa un «más o menos» de Aldana.
—Aunque Aldana no sea muy deportista, tiene mucha energía —intervino un chico desde un rincón—. De un solo puñetazo puede mandar a volar a un hombre adulto.
—¿Qué?
Aldana se giró para mirarlo.
—Je, je, fui a la universidad de al lado a pasar el rato y casualmente conocí a Galileo Salgado. Eso fue lo que me dijo.
Aldana solo pudo decir:
—Bueno.
El orientador tampoco sabía qué pensar de esa chica, pero era cierto que nunca la había oído fanfarronear.
De hecho, era más de cumplir lo que prometía.

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