—Chirrido…
Eliseo frenó en seco. El estridente sonido rasgó el silencio.
Rogelio se inclinó bruscamente hacia adelante, protegiendo instintivamente el pastel que sostenía en sus manos, y su rostro se ensombreció al instante.
—Jefe, lo siento.
El corazón de Eliseo se detuvo por dos segundos del susto. Se apresuró a explicar:
—No sé de dónde salió esa cosa.
—Baja a ver —dijo Rogelio con una expresión gélida.
—Sí, señor.
Eliseo salió inmediatamente con un paraguas, caminó hacia la parte delantera del coche e inclinó la cabeza para preguntar:
—¿Estás bien?
Por suerte, acababan de arrancar y el coche no iba rápido.
De lo contrario…
Ahora mismo estaría reportándose ante la Santa Muerte.
—Estoy bien.
La chica, agarrándose el brazo raspado, levantó la cabeza lentamente.
En ese instante…
Los ojos de Eliseo se abrieron como platos y estiró el cuello un poco más.
Pero, pero, pero…
¿Cómo es que esta peatona despistada se parecía tanto a la señorita Carrillo?
Al mirar más de cerca, se dio cuenta.
Aunque se parecían, una inspección detallada revelaba que no había punto de comparación con la señorita Carrillo.
Una era el producto original, la otra una falsificación.
Es más…
Una falsificación de tres pesos.
—Jefe, ella… —Eliseo se giró para mirar al hombre en el asiento trasero.
La ventanilla bajó, y el atractivo rostro de Rogelio apareció ante los ojos de la chica.
Ella respiró hondo, nerviosa y emocionada.
Sí, era cierto.
El señor Rogelio la estaba mirando.
La miraba fijamente, sin pestañear.
Las facciones de Rogelio eran marcadas, su mirada tan fría como el hielo y su voz carecía de emoción.
Pero sus ojos estaban puestos en ella.
—Señor Rogelio.
La chica agitó la mano rápidamente, se acercó a la ventanilla, se apartó el pelo para mostrar su rostro completo y sonrió levemente.
—Fui yo la que no se mantuvo firme y choqué accidentalmente con su coche.
Kiara la había hecho entrenar especialmente.
Comportamiento, voz, postura… incluso la sonrisa. Se esforzó por ser idéntica a Aldana.

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