—Haz lo que te digo —la interrumpió Kiara, reprendiéndola con voz fría—. Harás exactamente lo que yo te diga.
»¿Crees que cualquiera puede subirse a la cama del heredero de la capital?
La chica se mordió el labio, sin atreverse a replicar.
—Cuando llegue el momento, le daré algo para que no se pueda resistir —continuó Kiara—. El plan es perfecto, no habrá fallos.
¿Qué hombre no era infiel por naturaleza?
Se negaba a creer que, con una belleza delante, él no se sintiera tentado.
Se preguntaba cuál sería la reacción de Aldana al ver esas fotos.
***
Luminara.
En cuanto Rogelio llegó a casa, le ordenó a Eva que guardara el pastel en el refrigerador.
Se dio una ducha.
Y luego abrió la puerta del dormitorio.
Las luces de la habitación estaban apagadas. Un rayo de luz se filtraba por el hueco de las cortinas.
De un vistazo, Rogelio vio el bulto que formaba el edredón en la cama.
La persona en la cama estaba completamente cubierta, solo se veía la parte superior de su desordenado cabello.
—Je.
Los finos labios de Rogelio se curvaron hacia arriba. Se acercó de puntillas y retiró suavemente el edredón.
La joven dormía plácidamente, abrazando su almohada.
Al sentir el contacto repentino, abrió los ojos somnolienta, como una pequeña cierva asustada buscando refugio.
Era difícil no sentirse conmovido por esa adorable imagen.
«Del dicho al hecho, hay poco trecho».
Rogelio se arrodilló sobre una pierna en la cama, se inclinó ligeramente y depositó un tierno beso en los ojos de la chica.
—Rogelio…
Aldana, medio dormida, no podía ver claramente a la persona, pero reconoció su olor.
—Soy yo.
La sonrisa en los labios de Rogelio se hizo más amplia, y sus labios descendieron para sellar los de ella.
—Ya compré el pastel.
«¿Pastel?».
Aldana abrió los ojos de golpe, el sueño se desvaneció por completo.
—Vamos a comer pastel.
Luego, apartó al hombre que tenía encima y, con un rápido «tac, tac, tac» de sus pantuflas, bajó corriendo las escaleras.
Rogelio se quedó tumbado en la cama, mirando tranquilamente el techo.
«No importa».

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