—¿Atrapar a un infiel?
Las pupilas de Eliseo se dilataron al instante, su mente trabajando a toda velocidad.
—Señorita Carrillo, ¿nuestro jefe la está engañando? —preguntó con cautela.
No debería ser.
Iván y él seguían al jefe a todas horas, sin separarse de él ni un momento.
Su rutina era de dos puntos: el consorcio y la casa.
Aparte de la señorita Carrillo y su familia…
Ni siquiera un mosquito hembra se había acercado al jefe.
—Señorita Carrillo, nuestro jefe le es absolutamente fiel. —Sin esperar a que Aldana respondiera, Eliseo, sacando sus propias conclusiones, se apresuró a explicar—: Ha guardado el celibato por treinta años, nunca ha estado con una mujer. Puedo dar fe de ello.
Al oír esto, los dedos de Aldana temblaron ligeramente, casi se atraganta con la sandía que comía.
«¿Acaso no le temes a la muerte?».
«Dar fe de cualquier cosa solo te traerá problemas».
—¡Eliseo!
En ese momento, una voz extremadamente fría y cargada de ira reprimida resonó detrás de él.
Eliseo se dio la vuelta y vio a Rogelio de pie en lo alto de la escalera, vestido con una bata de dormir.
Alto y erguido, con una postura relajada y casual, tenía los brazos cruzados sobre el pecho y sus ojos profundos lo miraban fijamente.
La luz fría que caía sobre él le daba un aura intimidante, emanando una ferocidad que helaba la sangre.
—¡Je-jefe!
Bajo esa mirada, a Eliseo se le erizó el cuero cabelludo. Tragó saliva y balbuceó.
—Últimamente tu lengua se ha vuelto muy ágil, ¿no? —Rogelio no se movió de su sitio, una sonrisa curvaba sus labios, una sonrisa que hizo que a Eliseo se le pusiera el cuello rígido.
«Señor, no sonría».
«Me da miedo».
—Jefe, déjeme explicarle. —Eliseo agitó las manos, la lengua se le trababa al intentar explicarse—: Yo hace un momento…
—Últimamente los negocios en África andan un poco tensos. Ve a echar un vistazo.
Rogelio bajó las escaleras, se sentó junto a Aldana y, tomando una servilleta, le limpió los dedos manchados de jugo con un tono tranquilo.
—¡Jefe…!
Las piernas de Eliseo flaquearon, casi cayendo de rodillas al suelo.
«No, por favor».
No quería ir a ese lugar olvidado de la mano de Dios.
—Señorita Carrillo…
Sabiendo que el jefe nunca se retractaba de su palabra, Eliseo se volvió hacia Aldana con una expresión de súplica, diciendo lastimeramente:

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