Al oír la voz de Aldana, los dos profesores, que sumaban más de cien años entre ambos y estaban en plena pelea, se detuvieron al instante y la miraron al unísono.
—La verdad es que me gusta mucho la informática —respondió Aldana con una leve sonrisa.
—Uf…
Plácido soltó un suspiro de alivio y le lanzó una mirada de suficiencia a Bonifacio.
—En cuanto a estudiar medicina… —Aldana dejó las papas fritas, se limpió los dedos y respondió con seriedad—, por ahora no tengo tiempo. Ya veremos más adelante.
—Ah.
Bonifacio se quedó de piedra, bastante confundido.
¿Eso era un sí o un no?
—
Fin de semana.
Rogelio colocó el huevo duro que acababa de pelar en el plato de Aldana. Luego, le preparó un sándwich.
—¿No querías ir a la recepción? —le preguntó Rogelio con ternura.
—Sí —respondió Aldana mientras comía el huevo, asintiendo levemente—. Iré más tarde.
Si ella aparecía desde el principio, ¿qué gracia tendría el juego?
Rogelio frunció los labios y no dijo nada.
Qué lástima. Otra oportunidad perdida para presumir de su «esposa».
—Necesito a Iván —dijo Aldana, tomando el sándwich y dándole un gran mordisco que le hinchó las mejillas.
Se veía un poco adorable.
Rogelio siguió sin decir nada, pinchando distraídamente el huevo de su plato con el tenedor. No probó bocado, pero el huevo quedó hecho papilla.
«Hmpf. ¿Así que Iván es más útil que yo? Si lo hubiera sabido, lo habría mandado a África con Eliseo», pensó, celoso.
Justo cuando Rogelio divagaba, Aldana se levantó de repente, apoyó las manos en la mesa, se inclinó ligeramente hacia delante y se acercó a él.
Rogelio la miró confundido. ¿Qué pasaba?
—Levanta la cabeza —ordenó Aldana, concisa y sin mostrar ninguna emoción.
Rogelio obedeció dócilmente.
Aldana le tomó la barbilla, le dio un beso en sus finos labios y dijo con los ojos entrecerrados:
—¿Contento ahora?
Los ojos de Rogelio se oscurecieron. Siguió el rostro de la chica y le dio otros dos besos.
—Contento.


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