—Sí —asintió Aldana con una voz clara y agradable—. Mi paciencia es limitada. Con esta escoria que no tiene remedio y que además perjudica a la sociedad, lo mejor es acabar con ellos.
—Je.
Rogelio soltó una risita, cerró el informe y le acarició suavemente el rostro a Aldana.
—Mientras tú seas feliz, puedes jugar como quieras.
Aldana no dijo nada, se giró y se sentó en su regazo, rodeándole el cuello con los brazos.
—¿Qué pasa?
Rogelio se recostó en el sofá y le sujetó la cintura, sin mostrar mucho interés.
Ya había jugado demasiadas veces al juego de «que viene el lobo». No tenía ganas. Todos sabían que esa chica estaba llena de malas intenciones: lo provocaba y luego salía corriendo. Era muy mala.
Aldana no respondió. Se acercó y le dio un piquito en los labios, diciendo con aire de niña mimada:
—Bésame, esta vez no voy a correr.
—¿En serio?
Los ojos de Rogelio se abrieron de golpe, mirándola con incredulidad.
—Si no quieres, olvídalo.
Aldana lo fulminó con la mirada e hizo ademán de levantarse.
Rogelio la sujetó y, con toda la ternura del mundo, un susurro ronco se escapó de su garganta mientras su aliento se mezclaba con el de ella:
—Mi amor, ojalá cumplieras ya los veinte.
—
Cumbre del Foro Financiero.
Numerosas personalidades destacadas del sector, tanto nacionales como internacionales, habían acudido al evento. El lugar estaba abarrotado de gente y de coches de lujo.
Rogelio, el presidente del Grupo Lucero, había invitado a última hora a muchos más periodistas, por lo que toda la cumbre era un hervidero de actividad.
La familia Cárdenas también estaba en la lista de invitados.
—Ha llegado el señor Cárdenas.
Al oírse la voz, Kiara, vestida con un traje de cola de sirena con incrustaciones de diamantes, el pelo ondulado y un maquillaje exquisito, entró en el salón del brazo de su padre, Rafael, con un aire de lo más sofisticado.

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