—Señorita Carrillo, este es el video de la cámara oculta.
En cuanto Aldana se sentó en el salón de descanso, Iván le entregó el iPad.
En la pantalla se transmitía en vivo lo que Kiara y la impostora estaban haciendo.
—Buen trabajo, el video es muy nítido —la elogió Aldana con una leve sonrisa.
—No es para tanto, señorita Carrillo. —Iván bajó la cabeza, avergonzado.
En realidad, no había sido tan difícil. Sobornó a la maquilladora que arregló a Kiara y a la impostora para que, sin que se dieran cuenta, les colocara una microcámara en el cabello.
Así, cada uno de sus movimientos quedaba registrado.
Al principio, pensó que solo intentarían seducir al jefe. Pero nunca imaginó que tuvieran las agallas para intentar meterse en su cama.
—Señorita Carrillo, todos los videos anteriores se han guardado. Puede pedirlos cuando los necesite.
—De acuerdo.
Aldana comía fruta con una expresión relajada y serena. Iván, un poco confundido, preguntó con cautela:
—Señorita Carrillo, ¿qué hacemos con el jefe?
Recordaba que la señorita Carrillo había dicho que el jefe sería su peón.
Pero, ¿cuál era la misión del peón?
—No dejes que Rogelio beba la copa adulterada —dijo Aldana, sosteniendo un tenedor de fruta—. Pero haz que parezca que ha caído en la trampa. Si lo revelamos demasiado pronto, el juego perderá la gracia.
Iván se quedó perplejo por un momento y luego asintió con respeto.
—Entendido, señorita Carrillo.
Después de recibir las instrucciones, Iván salió de la habitación.
Aldana abrió el iPad y buscó las grabaciones anteriores. Al escuchar la conversación entre los dos, una sonrisa se dibujó en su rostro.
«¿La familia Cárdenas? Después de hoy, ya no existirá esa familia en la capital».
***
La fiesta estaba en pleno apogeo.
Muchos jóvenes herederos y magnates de los negocios se acercaban con sus copas para conversar con Rogelio.
El hombre mantenía una expresión indiferente, respondiendo de vez en cuando, mientras su mirada profunda no dejaba de posarse en su reloj.
—Entendido.
El hombre que había hablado de más asintió rápidamente, con la cara cubierta de sudor frío.
—Fui un necio. El afortunado es usted, señor Rogelio, por haber conquistado a la señorita Carrillo.
Los demás se quedaron mudos.
«Otra tontería. Si no dices nada, nadie pensará que eres mudo».
—Ciertamente, el afortunado soy yo. —Rogelio esbozó una sonrisa, descruzó las piernas y dijo con aire despreocupado—: ¿Se les ofrece algo más?
—No, nada.
El grupo se miró y, mientras se alejaban, no dejaban de mirar hacia atrás.
El señor Rogelio no se había enfadado.
Definitivamente, los rumores de que estaba loco por su esposa y que perdía la cabeza por amor eran ciertos.
***
Justo cuando Rogelio sacaba su teléfono, seguramente para preguntar dónde estaba la joven, un camarero se acercó con una copa de vino.

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