—Señor Rogelio, el vino tinto que pidió.
Rogelio tomó la copa y la sostuvo entre sus dedos, agitándola suavemente mientras el vino se arremolinaba con un hermoso color.
El camarero, al ver que no bebía, se puso visiblemente nervioso.
—Puedes retirarte.
En ese momento, Iván se acercó y le ordenó con frialdad.
—Sí, señor.
El camarero asintió levemente y se fue con cuidado, sosteniendo su bandeja.
—¿El vino está adulterado?
Rogelio levantó la vista hacia Iván y preguntó con indiferencia.
—Ya lo cambié por uno que no lo está —respondió Iván respetuosamente—. Pero la señorita Carrillo dijo que finja que el vino sí lo está para que su plan pueda continuar.
—Ja.
Rogelio esbozó una sonrisa resignada.
—¿Qué está haciendo ahora?
—La señorita Carrillo está en el salón de descanso comiendo frutas y pasteles mientras ve el video.
—Entendido.
Rogelio enarcó una ceja, levantó la copa y, justo cuando se la llevaba a los labios, vio de reojo a Kiara en un rincón.
Ella estaba escondida en la oscuridad, mirándolo con nerviosismo, como si temiera que no bebiera.
Rogelio no dudó y se bebió el contenido de un solo trago.
Unos minutos después, se levantó y se masajeó las sienes, fingiendo estar mareado.
Un camarero, que ya estaba preparado, se acercó de inmediato.
—Señor Rogelio, ¿se siente mal? ¿Quiere ir a una habitación a descansar un rato?
—Claro.
Rogelio levantó ligeramente la mirada, con una sonrisa en los ojos que no llegaba a ser cálida. Al camarero se le puso la piel de gallina.
—Asistente Iván, en un momento se proyectará un video muy importante... —intervino con cautela la secretaria de la cumbre—. No estaría bien que el señor Rogelio no estuviera presente.
—Entiendo.
Iván, con su habitual rostro inexpresivo y frío como un témpano, respondió:
—El jefe no se siente bien y quiere descansar. Pero ya que usted lo ordena, secretaria, haré que se quede.
—¡No, por favor!
—¿Tan fácil? —preguntó Rafael con duda—. ¿Estás segura de que no habrá ningún problema?
—No lo habrá —respondió Kiara, emocionada—. Lo vi beberse el vino con mis propios ojos y ahora está en la habitación. Papá, el cielo está de nuestro lado.
—Bien, bien, bien.
Rafael asintió con una sonrisa.
—Por mi parte, no habrá ningún problema. En cuanto esa impostora tenga éxito, los periodistas entrarán de inmediato.
En ese momento, la noticia de la infidelidad de Rogelio se extendería como la pólvora. Aunque no hundiera a la familia Lucero, le asestaría un duro golpe.
—Hablamos luego.
Kiara colgó, eufórica, y caminó con sus tacones altos hasta el salón de descanso. Abrió la puerta y dijo:
—Vamos, es tu turno de actuar.
La chica se levantó de un salto, asustada, y la siguió.
***
Mientras tanto, en otra habitación, Iván miraba el monitor de vigilancia con el ceño fruncido por la tensión.
—Señorita Carrillo, ¿cuándo actuamos? —preguntó en voz baja.
Estaba a punto de ver cómo otra mujer se metía en la cama del señor Rogelio.

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