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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1104

—Dra. Verano, ha llegado su hija.

Sania Verano estaba sentada en la cama, perdida en sus pensamientos. Al escuchar esas palabras, sintió como si un mazo le hubiera golpeado el pecho, y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

¿Qué?

¿Su hija estaba allí?

Sania se levantó de un salto, corrió hacia la puerta de hierro y tiró de ella con todas sus fuerzas.

La pequeña ventanilla de la puerta estaba bloqueada, por lo que no podía ver hacia afuera.

Pero podía sentir que había mucha gente al otro lado.

¡Clack!

Se escuchó el sonido de la cerradura abriéndose y la pesada puerta de hierro cedió lentamente.

Sania se quedó paralizada en su lugar, mirando hacia el pasillo en silencio.

Y allí la vio...

En medio de varios guardaespaldas vestidos de negro, estaba una joven hermosa, de rasgos delicados y una presencia elegante y serena.

La muchacha tenía las manos apoyadas sobre su vientre ligeramente abultado. Sus ojos brillantes se estaban llenando de lágrimas mientras la miraba fijamente.

Sus miradas se encontraron.

Casi al instante, Sania supo quién era la persona que tenía enfrente.

Julieta.

Su hija.

—¿Aún reconoces a tu madre? —preguntó Anselmo en voz baja—. El Líder ha dado órdenes de darles tiempo para ponerse al día.

Julieta seguía inmóvil, mirando a Sania con el rostro pálido.

Aunque no conservaba recuerdos de su madre, ese rostro le resultaba increíblemente familiar.

Era demasiado parecida.

Gilda, Lourdes y Aldana... todas compartían algún rasgo con ella.

Especialmente Aldana.

Era la que más se parecía a la mujer frente a ella, sobre todo en los ojos: cálidos, pero llenos de una inquebrantable determinación.

¡Clack!

La puerta de hierro se cerró con llave de nuevo, dejando a las dos mujeres a solas en esa habitación limpia pero herméticamente cerrada.

—Tú...

Sania seguía en el mismo sitio, sin poder creer que volvería a ver a una de sus hijas en esta vida.

Sus labios temblaban. Sentía un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.

Habían pasado dieciséis años, ¿verdad?

¿Qué clase de vida había tenido? ¿Acaso las odiaba?

Sería comprensible que las odiara.

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