—Mamá, seguro que todos estos años también han sido muy duros para ti, ¿verdad?
Julieta respiró hondo y dijo con voz ronca:
—Sé que lo que pasó estuvo fuera de su control.
Cuando los padres aman a sus hijos, siempre piensan en su futuro.
Que sus padres, bajo circunstancias tan terribles, hubieran luchado desesperadamente para mantener a sus hijos con vida...
Ya era más que suficiente.
—Por cierto, ¿y papá? —preguntó Julieta con urgencia—. ¿Él también está aquí?
—Sí.
Sania forzó una sonrisa amarga. Tomó las manos de Julieta y le preguntó con dulzura:
—¿Estás cansada? ¡Siéntate un rato!
—Está bien.
Julieta se sentó obedientemente en la silla y echó un vistazo a su alrededor.
Muchas de sus dudas comenzaban a aclararse.
Tras unos segundos de silencio.
Julieta se lamió los labios resecos, levantó su pálido rostro y preguntó en un susurro:
—Mamá, el naufragio de aquel entonces... fue obra suya.
—Y todos estos años, tú y papá han estado prisioneros aquí por su culpa, ¿no es así?
—Sí.
Sania la miró, con una profunda tristeza asomándose en sus ojos:
—Pero tú, mi niña, ¿cómo es que te capturó?
En el pasado, Cornelio y ella habían hecho hasta lo imposible para intentar que la séptima descubriera la verdad.
Y así advertir a sus hermanos de que se mantuvieran alejados del peligro.
Por lo visto, habían fracasado.
—No estoy segura.
Julieta miró de reojo la cámara de seguridad, consciente de que ese viejo despreciable las estaba observando, así que no mencionó ni una palabra sobre sus hermanos.
—Él quería colaborar conmigo y yo me negué. Cuando desperté, ya me habían traído a este lugar.
Julieta apretó la mano de Sania. Tenía la garganta seca.
—Mamá, ¿quién es él en realidad?
—Una mala persona.
Sania no intentó ocultar su repulsión hacia Serafín, y respondió con calma:
—Quería que tu padre y yo lo ayudáramos a cometer atrocidades, y nos negamos.
—Así que por eso armó todo este desastre... —Julieta era perspicaz y entendió todo al instante.
—Mamá, me dijo que era mi tío. ¿Es eso cierto?
—No.

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