Escuchando la vívida descripción de la Sra. Brunilda, Aldana forzó una sonrisa incómoda.
—Muy bien, entonces le encargaré esa difícil tarea, señora.
—Sí, cuento contigo, mamá —dijo Rogelio desde un lado, con una leve risa—. Pero trata de controlarte un poco, no vayas a afectar tu salud por llorar tanto.
—Mocoso insolente, todo esto lo hago por salvar a tus suegros.
La Sra. Brunilda le dio una palmada en el brazo a Rogelio, frunciendo el ceño.
—Más te vale cuidar bien a Aldi, ¿me escuchaste?
—Si le pasa algo, mejor ni regreses.
—Lo sé.
Rogelio tomó la mano de Aldana y aseguró con voz profunda:
—Les aseguro que no se quedarán sin nuera.
—Nadie debe salir lastimado —Brunilda bajó la mirada, con los ojos ligeramente enrojecidos.
—Nos vamos.
Rogelio le dio un apretón reconfortante a su madre en el hombro y salió de la casa, llevándose a Aldana de la mano.
La sala quedó en silencio.
Feliciano Lucero se acercó a su esposa, la abrazó suavemente y habló con voz ronca:
—No te preocupes demasiado. Rogelio y Aldi no son personas comunes y corrientes. Confío en que todo saldrá bien.
—Esa pobre niña ha sufrido tanto.
Brunilda se acurrucó en el pecho de su esposo, y las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—Amor, será mejor que empieces a practicar desde ahora. Finge que te quedaste sin hijo.
—No quiero que a la hora de la verdad no puedas soltar ni una lágrima.
...
Feliciano frunció el ceño y su profunda voz resonó:
—Yo no soy actor. Es muy probable que de verdad no me salga llorar a propósito.
¿Eh?
Brunilda lo miró por un momento, hizo un puchero y de repente tuvo una idea genial:
—Solo imagínate que la que se murió fui yo. Seguro que así lloras.
Al escuchar eso.
El corazón de Feliciano dio un vuelco. Una profunda tristeza lo invadió de golpe y sus ojos se enrojecieron involuntariamente.
—No digas tonterías —Feliciano apretó el abrazo, con los labios temblando ligeramente—. Prohibido decir esas cosas de mal agüero.
—Mjm.
Brunilda le devolvió el abrazo, frotando su mejilla contra el pecho del hombre, y murmuró con voz ronca:
—¡Qué barbaridad estás diciendo!
Al escuchar eso, Doña Marcela dio un salto de pura indignación.
—¡Por supuesto que van a ser bisnietas! ¡Bisnietas!
Era algo muy peculiar.
En los cientos de años de historia de la familia Lucero, todos los nacimientos habían sido estrictamente masculinos.
Por lo tanto, querer una niña había sido siempre el mayor "dolor callado" de la familia.
Cuando Brunilda quedó embarazada, Doña Marcela y Don Ignacio soñaban día y noche con que les dieran una niña.
Pero cuando salió de la sala de partos y escucharon que era "un niño", Doña Marcela casi se desmaya del coraje.
Tiempo después.
La esposa del segundo hijo quedó embarazada. La anciana quemó incienso y rezó a todos los santos todos los días, rogándole a Dios que les mandara una hermosa niña.
Diez meses después.
Nació Héctor Lucero.
Doña Marcela se enfadó tanto que no comió durante tres días y por poco termina en el hospital por inanición.
A los tres años, el pequeño Rogelio, con el corazón roto por ver así a su abuela, le llevó un plato de avena a su habitación y le prometió con su tierna vocecita:
—Abuelita, no te enojes. Cuando crezca y me case con una chica bonita, te prometo que te daremos una nieta.

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