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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1129

—¡Pfft...!

Doña Marcela escupió la avena y le acarició la pequeña cabecita redonda a Rogelio, corrigiéndolo con cariño:

—Está bien, cariño, pero técnicamente sería mi bisnieta.

—Mjm.

Rogelio asintió con fuerza, repitiendo muy serio:

—Tendremos bisnietas, un montón de ellas, para que juegues todo el día.

—Qué buen nieto —la anciana se sintió sumamente conmovida.

Pero resulta que...

Ese "buen nieto" ya estaba por cumplir los treinta y todavía ni se casaba.

Y no solo eso.

Hasta habían surgido rumores de que "le gustaban los hombres".

Ahora que por fin había encontrado a una chica tan maravillosa como Aldana, tenían que pasar por todo este martirio.

¿Y si el día de mañana los bebés que tenían resultaban ser puros varones otra vez?

—Ya no digas nada, ya no digas nada —Doña Marcela, sintiéndose cada vez más afligida, se tapó la cara y salió corriendo hacia su habitación.

¿Qué estaba pasando?

Don Ignacio, que acababa de entrar desde el jardín con un montón de flores arrancadas para alegrar a su esposa, la vio irse llorando.

—¿Qué le hicieron? ¡¿Quién hizo llorar a su madre?! —ladró el anciano, enfurecido.

...

Brunilda y Feliciano se encogieron de hombros, resignados.

No tenían idea de que mencionar la falta de bisnietas fuera un golpe tan devastador.

Aún ni siquiera había llegado la hora de actuar y la abuela ya estaba llorando desconsoladamente.

—Por cierto, ¿qué vamos a hacer con papá? —preguntó Brunilda, alzando un poco la voz con cuidado—. ¿Cómo logramos que él llore?

—Tampoco podemos decirle que imagine que la abuela se murió, ¿verdad? —mientras más hablaba, más miedo sentía.

Su suegro era el mayor romántico de toda la familia Lucero.

En su corazón, en sus ojos... e incluso hasta en la punta de sus cabellos, solo existía una mujer: su esposa.

—Ni se te ocurra.

Feliciano le tapó la boca rápidamente y susurró:

—¿Te atreverías a decir eso de mi madre? ¿Acaso no ves el bastón en las manos de papá? Si lo dices, los golpes caerán sobre nosotros.

—Mhm...

Brunilda se tensó por completo. Rápidamente puso sus manos sobre las de su esposo y mantuvo la boca bien cerrada.

Ni modo.

Si llegaban a ese punto, simplemente dirían que el abuelo no soportó la noticia, se desmayó del susto y estaba en coma en casa.

—Basta, primero vamos a comer —Rogelio le quitó la tablet de las manos y la puso a un lado, hablándole con suavidad—. Termina de comer y luego te ayudo a pensar.

—Si no encontramos una salida segura, lo hacemos de verdad. Sé lo que hago, me protegeré antes del impacto.

¿Qué?

Aldana lo miró. Tenía los ojos inyectados en sangre y su voz sonó gélida:

—¡Rogelio Lucero, atrévete a hacerlo de verdad y ya verás!

—Lo decía en broma.

Rogelio se asustó un poco al ver el enrojecimiento de sus ojos. Forzó una sonrisa amarga y trató de calmarla:

—No te enojes, ¿sí?

—Más te vale.

Aldana giró la cabeza, frunciendo el ceño.

—Puedo salvarlos a todos. No necesito que juegues al mártir de verdad.

—Si te mueres en serio, me buscaré a un chico mantenido para que te reemplace.

...

El rostro de Rogelio cambió drásticamente. Se apresuró a contestar:

—No jugaré al mártir. ¡Te prometo que no lo haré!

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