Al escuchar las discusiones entre esos dos, Rogelio cerró los ojos, apretó los labios y murmuró con frialdad: “¿Qué tal si salen y se pelean afuera?”
Leonardo cerró la boca de inmediato. Tenía el pecho agitado por la rabia y el rostro pálido.
“Tsk”.
Sombra apartó la mirada, encendió el motor y miró a Rogelio a través del espejo retrovisor: “En realidad, no es necesario que vayas a Submundo en persona”.
“Desde que le pasó eso a Aldana, los ánimos en Submundo están muy inestables”. Rogelio miró el asiento delantero y respondió con los ojos cerrados: “Tengo que decirles en persona que Aldana va a regresar”.
Y, sobre todo.
Necesitaba mantenerse ocupado; de lo contrario, su mente empezaría a jugar en su contra.
No se atrevía a regresar a la residencia Luminara.
Ni siquiera era capaz de contestar las llamadas de sus abuelos o de sus padres en la mansión principal.
Se sentía como un fantasma; la imagen de la chica no lo dejaba en paz ni un solo segundo.
“Está bien”.
Al ver que Rogelio estaba destrozado por dentro, actuando como un muerto en vida, Sombra no insistió más.
Su mirada se desvió al asiento de copiloto y se topó con los ojos de Leonardo.
¡Qué fastidio!
—
En una finca apartada.
Aldana estaba encerrada en una lujosa suite equipada con todo, perfecta para vivir con comodidades mientras realizaba su investigación genética.
Ya habían pasado dos días.
Llevaba encerrada en ese asqueroso lugar dos días completos.
“Tengo hambre”.
Aldana se levantó de la cama y le gritó al guardia de la puerta: “Hoy se me antoja pollo asado, camarones a la diabla y costillas BBQ...”
¿Otra vez pidiendo menú a la carta?
¡Era alta y delgada, pero tragaba como si no hubiera un mañana!
“¿Otra vez?”
Al guardia le temblaba la comisura del labio. Ya no aguantaba más: “Señorita Fantasma, las verduras y la carne que compramos esta mañana para la cocina, te las acabaste en una sola comida”.
“Ah”.
Serafín curvó los labios en una sonrisa fría: “Lástima que tus padres destruyeran toda la investigación y perdiéramos esos valiosos datos”.
“Pero no pasa nada, ahora te tengo a ti”. El tono de Serafín cambió abruptamente a uno sombrío y despiadado: “Cuando recupere los datos, podré aplicarlos en otras personas”.
Por ejemplo: optimizar los genes de Aldana y trasplantar esos genes modificados en cuerpos ajenos.
Hasta el mayor de los tontos podría convertirse en un genio absoluto tras la modificación genética.
Y aquellos con genes modificados tendrían hijos con genes igual de perfectos.
Él decidiría quién era brillante y quién no.
Solo que...
“Fantasma, no tengo tiempo para jugar contigo”. Al ver la actitud perezosa de Aldana, Serafín advirtió con voz grave: “Si en un mes no encuentras la solución al dilema genético, te cortaré el cuello”.
“¿Un mes?”
Al escuchar eso, Aldana sonrió con sorna y respondió con voz cristalina: “Con dos semanas me basta y me sobra”.
“¿Dos semanas?” Serafín alzó una ceja, incrédulo. “Mis científicos llevan más de diez años sin lograrlo, ¿y tú dices que lo harás en dos semanas?”
“Que tu gente sea una inútil no significa que yo también lo sea”.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector