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En la capital.
De repente, Cornelio comenzó a arder en fiebre. Los antibióticos y antipiréticos no surtían ningún efecto.
Tras examinarlo, Sania lo comprendió todo.
“Sabía que Serafín no dejaría ir a Cornelio tan fácilmente”.
“Mamá, ¿qué quieres decir?” preguntó Félix, desconcertado.
“Ese monstruo le inyectó un virus a tu padre”. Sania le secaba el sudor de la frente a Cornelio, hablando con voz ausente: “El virus provoca una fiebre implacable. Por muy fuerte que sea, solo aguantará dos días, a menos que tome un antídoto creado por él”.
Pero...
Sabiendo la escoria que era Serafín, ¿cómo iba a entregar El Antídoto?
“¿Sin El Antídoto, solo nos queda ver morir a papá?” El rostro de Félix se descompuso y se dio la vuelta dispuesto a salir: “Voy a buscar la manera de conseguir ese medicamento”.
“No hay tiempo”.
Sania habló con los ojos empañados en lágrimas: “Solo tenemos un día. Es imposible desarrollar un antídoto desde cero”.
Félix se quedó petrificado, lívido.
Justo cuando madre e hijo se hundían en la desesperación.
La puerta de la habitación se abrió de golpe y Rogelio Lucero entró a paso firme.
“Señora Sania, conseguí El Antídoto”.
“¿El Antídoto?”
Sania tomó el frasco de líquido, lo olió y soltó un grito de asombro: “Rogelio, ¿cómo lo lograste?”
“Serafín lo soltó”. Rogelio explicó en voz baja: “Es probable que Aldana haya vuelto a hacer algún trato con él”.
Al mencionarla, una leve sonrisa se dibujó en el rostro del hombre.
Al menos eso probaba que ella seguía con vida.
“Señora Sania, por favor, dele el medicamento primero”, le recordó Rogelio.
“De acuerdo”.
Sania no perdió tiempo. Una vez que Cornelio bebió la medicina, su fiebre bajó rápidamente.
“La composición de este antídoto es extremadamente compleja. No podría replicarlo a corto plazo”.
Sania se sentó en el sofá, con el rostro marcado por el cansancio: “Si Serafín lo entregó, Aldana debió haber sacrificado algo enorme”.
“No se preocupe demasiado”.
Gilda entró con el almuerzo en la mano. Mientras ordenaba los recipientes con la cabeza gacha, murmuró en tono bajo: “Con el carácter que se carga Aldana, no se dejará pisotear”.
“Incluso es posible que...”
Gilda hizo una pausa y susurró: “Serafín sea quien no la soporte”.

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