—Y además…
Justo cuando Aldana se preparaba para irse, Rogelio volvió a hablar de repente.
—¿Sí?
Aldana, con sus bocadillos en la mano, se quedó quieta en su sitio, observando al hombre con sus ojos claros llenos de duda.
—La medicina para el estómago es muy buena, pero la medicina para… lo otro…
Rogelio entrecerró los ojos y, con los labios finos, sentenció:
—No la necesito.
—¿Eh?
La joven parpadeó, sin entender del todo. La dosis que le había dado era bastante fuerte, ¿cómo era posible que no tuviera efecto? A menos que… ¿su enfermedad ya hubiera llegado a un punto incurable?
—Aldi…
Al darse cuenta de que la mente de la chica volvía a volar, Rogelio se acercó dos pasos a ella. Se inclinó ligeramente, con una furia contenida en su profunda mirada, y dijo entre dientes:
—El rumor sobre mi… condición, es solo eso, un rumor. Y es falso, totalmente falso.
—Soy completamente normal. Muy normal. No necesito tomar esa clase de medicina.
—¿Entendido?
—¿Mmm?
Aldana se quedó helada, con una expresión adorable.
Bueno, más o menos lo entendía. Quienquiera que hubiera difundido el rumor de que era impotente, debía odiarlo con ganas. ¿Quién había sido? Aldana lo recordó: ¡Sombra!
—Ya está.
Rogelio le apartó un mechón de cabello de la frente, colocándoselo detrás de la oreja con una sonrisa resignada.
—Regresa a clase.
Todavía era joven, ya entendería estas cosas con el tiempo.
—Ah.
Aldana respondió con indiferencia, se despidió con la mano y regresó al salón con sus bocadillos. Cerró los ojos, con la intención de tomar una siesta de unos segundos. De repente, la figura de Rogelio apareció en su sueño.
El hombre, mientras se desabrochaba los botones de la camisa, la miraba con picardía.
—Ya te dije que no estoy enfermo, ¿por qué insistes en darme medicina?

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