—Ya me voy, me voy.
Acostumbrada a actuar como hombre, Sombra no se sentía a gusto con las demoras femeninas. Se soltó de la mano de Leonardo y caminó con zancadas largas hacia la salida.
—Sombra, no me mientas —dijo Leonardo, mirando su espalda con tono serio—. Te estaré esperando aquí en el hotel hasta que regreses.
—Ya lo sé.
Sombra se rascó la cabeza, sintiéndose irritada.
Dejar el trabajo de lado y seguirla desde la capital hasta Somerlandia, vaya que era atrevido.
Un enamorado sin remedio.
Toda una familia de enamorados sin remedio.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Sombra se topó de frente con el gerente del hotel.
—¿Estás bien? —El hombre la miró con seriedad, con una ligera sonrisa en los labios—. Anoche tomaste mucho y no parabas de gritar el nombre de Leonardo. Cuando él apareció, no me quedó más remedio que entregarte.
—Oh. —Sombra se tocó la nariz, respondiendo con cierta culpa—: No fue nada.
—¿Tomaste tanto por su culpa? —El hombre se acercó, con el espíritu del chisme ardiendo en su interior—. Jefa, ¿ustedes dos están saliendo?
—¡Claro que no!
Sombra levantó la mirada de golpe, parpadeando sin cesar, aunque su tono al negarlo carecía de fuerza.
—¿De verdad que no? —El hombre sonrió sin decir nada y luego le advirtió—: Ten cuidado si estás en una relación, que no te atrapen tu malvada madrastra ni ese maldito padre tuyo.
—Lo sé.
Sombra miró con incomodidad los números que descendían, giró la cabeza y levantó un poco el mentón.
—Gracias, eh.
—No hay de qué. —El hombre sonrió levemente y bajó la voz—: Lo que soy hoy es gracias a ti. No te preocupes, por el joven amo Carrasco, estoy dispuesto a dar la vida si es necesario.
—Tsk. —Sombra resopló fríamente, ya acostumbrada a sus halagos.
Este hombre era uno de los pocos amigos que le quedaban en Somerlandia. Lo había acogido por casualidad y le había conseguido el puesto de gerente en el hotel.
—Pero... —Las puertas del ascensor se abrieron y el hombre se apresuró a salir, tapándose la boca y preguntando con curiosidad—: Entre Leonardo y tú, ¿quién es el activo?
Sombra se detuvo en seco, agarró un jarrón cercano y esbozó una media sonrisa.
—¿Qué acabas de preguntar? No te escuché bien, ¡acércate un poco más y dímelo!
—Parece que no.
Sombra solo estaba bromeando. Dio un sorbo al café y lo elogió sin cesar:
—Está muy bueno, ¿estudiaste para esto?
—Antes, cuando trabajaba a tiempo parcial en la universidad, fui barista.
—¿Oh? —Sombra sintió cierta intriga y miró fijamente a la chica—. ¿Y por qué Leandro Carrasco te contrató para vigilarme a mí?
Carla apretó los labios sin atreverse a decir ni una palabra.
—Primero, porque tiene poder e influencia, y no tienes margen para resistirte —dijo Sombra sin prisa—. Segundo, porque seguro hay personas o cosas que te importan y que tu jefe tiene en sus manos.
Alguien como Carla probablemente no podría acercarse a Leandro Carrasco en toda su vida.
Carla frunció el ceño, lo que demostró que Sombra había acertado.
—¿Familia? ¿Amigos? ¿O tu futuro? —terminó de decir Sombra.
Carla levantó un poco la mirada y habló con voz grave:
—Joven Carrasco, yo solo cumplo con el trabajo que mi jefe me asignó.

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