—Lo sé.
Sombra sonrió levemente y agitó la mano hacia ella.
—Tampoco te he puesto las cosas difíciles, ¿verdad? Ve a descansar, regresa mañana por la mañana.
—Sí.
Carla miró la hora; apenas eran las siete de la tarde. En el pasado, cuando trabajaba para su antiguo jefe, tenía que quedarse hasta la medianoche. Todo porque sus hermanos menores aún estaban en la universidad. Necesitaba el dinero.
Además, provenía de una familia con bajos recursos, lo que la hacía un blanco fácil de manipular. Si no obedecía, su jefe se las arreglaría para expulsar a sus hermanos. E incluso ella misma, con ese trabajo que tanto le había costado conseguir, lo vería convertirse en espuma. Nadie más la contrataría.
Cuando su jefe le ordenó espiar al joven amo, sintió mucho miedo. Simplemente porque el joven amo tenía muy mala fama y se rumoreaba que era alguien frío y violento.
Había llegado con la determinación de arriesgar su vida. Pero, para su sorpresa, resultó ser alguien muy amable. Y también excepcionalmente brillante.
Una persona así era superior a muchos de los altos mandos del centro administrativo. Tenía todas las cualidades para ser el futuro Mandatario.
***
Después de que Carla se fue, Yolanda entró con una bandeja de comida.
—Escuché que no ha comido en todo el día —dijo Yolanda, con el corazón apretado por la preocupación—. Le preparé algo, pruébelo.
—Yolanda, póngalo para llevar, iré a comer afuera —respondió Sombra en voz baja.
—¿Afuera?
—Sí —asintió Sombra—. Un amigo vino de visita, iré a buscarlo.
—¿Amigo? —Yolanda la miró con confusión, y luego una sonrisa apareció en su rostro—. ¿Es la Srta. Carrillo? Si es así, también me gustaría verla.
Quería agradecerle en persona por haber cuidado de su joven señorita. Si no hubiera sido por ella, su joven señorita probablemente se habría quitado la vida hace mucho tiempo.
—No es Alda.
Sombra se rascó la cabeza, sin saber cómo explicárselo a Yolanda.
—Es otro amigo.

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