"¡Zas!"
El celular cayó al suelo, haciendo un sonido seco.
"Tú..."
Rogelio frunció el ceño, a punto de hablar, cuando Sombra lo agarró del cuello de la camisa.
"Rogelio Lucero, ¿te crees muy valiente?", Sombra lo sacudía, lanzándole insultos. "¡Cómo te atreves a ponerle una mano encima a Alda! Con razón andaba con suéter de cuello alto, todo este tiempo era para ocultar las marcas".
Rogelio, que en principio estaba molesto y a punto de darle una patada a Sombra para quitársela de encima,
al escuchar esas palabras,
su enojo se esfumó por completo. Miró a Sombra unos segundos y no pudo evitar soltar una carcajada irónica.
"¡Todavía te atreves a reírte, infeliz!", los ojos de Sombra se enrojecieron de furia, con los puños tensos. "¿A que no me crees capaz de matarte?"
"¿Tú? ¿Matarme a mí?"
Rogelio dejó los brazos a los costados, bajó la mirada y observó con una sonrisa a medias a la indignada Sombra.
Arrogante, desafiante y sin el menor rastro de miedo.
"Tú..."
"¡Sombra!"
Aldana apareció arrastrando la pierna, se rascó la cabeza visiblemente incómoda y murmuró con voz apagada: "Rogelio no me maltrató, no son golpes".
"¿Si no son golpes, cómo quedaste así?"
Sombra, por supuesto, no le creía a esa chica enceguecida por el amor.
Seguro lo estaba defendiendo.
"¡De verdad que no!", Aldana se acercó, arrastró a Rogelio y lo escondió a sus espaldas, con las mejillas teñidas de un intenso rubor.
Sombra se quedó inmóvil, mirando alternativamente a ambos.
Rogelio tenía los labios apretados, pero sus ojos oscuros delataban una leve y evidente sonrisa.
Oh, vaya.
Todavía tenía el descaro de sonreír, este tipo era increíble.
Luego miró a Alda.
La chica parpadeaba y la miraba fijamente con sus ojos cristalinos.
En su rostro no había ni enojo ni tristeza, sino más bien... coquetería.
¿Coquetería?
Sombra abrió la boca, y de pronto se dio cuenta de algo; las palabras se le atascaron en la garganta.
Ay, no.
No era lo que estaba pensando, ¿verdad?

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