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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1248

Rogelio se quedó afuera de la habitación y sonrió con impotencia.

Se fue, resignado, a la habitación de invitados.

No había pasado mucho tiempo desde que se acostó cuando la puerta se abrió de repente. Aldana apareció con el ceño fruncido y dijo: "No puedo dormir".

Sin él, no podía conciliar el sueño.

Rogelio no tuvo más remedio que levantarse, llevarla de regreso a la habitación principal y acurrucarla en sus brazos.

"Duerme, no voy a hacer nada".

Mira que haberla asustado tanto.

Con su promesa, Aldana se acomodó aún más contra su pecho y cerró los ojos, al fin tranquila.

Observando a la chica relajada en sus brazos.

Rogelio sonrió; el corazón se le derretía de ternura.

Al fin era suya.

Completa y totalmente.

"Aldi".

Rogelio no pudo evitar inclinar la cabeza, besarle la comisura de los labios y murmurar con voz cargada de afecto.

"¿Mmm?"

Aldana, medio dormida, alcanzó a responder.

"Te amo", le dijo Rogelio cerca del oído, pronunciando cada palabra con claridad. "Te amaré para siempre".

"Sí, yo también te amo". Aldana estaba demasiado somnolienta, así que le tapó la boca con la mano y, frunciendo el ceño, le ordenó: "Deja de hablar y duerme".

Qué forma tan práctica de responder.

Rogelio no dijo nada más; la abrazó y cayeron en un sueño profundo.

Por otro lado.

Lourdes Yáñez aterrizó y regresó a casa arrastrando su cansancio.

La habitación estaba a oscuras.

Se quedó inmóvil un momento y una sonrisa fría se dibujó en sus labios.

¿Se había ido?

Lógico.

Después de haberle dicho palabras tan crueles, seguramente no se sentía nada bien.

Si se iba, que se fuera.

Después de todo, él había sido el chico que había mantenido por más tiempo.

Si no se iba ahora, las cosas se saldrían de control.

"Clic—"

La cerradura se abrió. Lourdes entró caminando con sus tacones y lanzó su bolso sobre el mostrador.

Justo cuando bajó la cabeza para buscar sus zapatillas, una sombra alta y corpulenta la cubrió por completo.

"¿Quién es?"

Lourdes se llevó un susto y, por instinto, llevó su mano al bolso buscando su arma.

"Soy yo".

Darío Alzamora la abrazó; su voz sonaba ronca y llena de resentimiento. "¿Por qué llegas tan tarde? Llevo mucho tiempo esperándote".

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