El profe Bonifacio la presentó con entusiasmo: "Es la genio de la facultad de informática."
"Les cuento un secreto, mi eterno rival, el profesor Plácido, la llama maestrita en privado."
Los diez alumnos alzaron la mirada y la observaron inexpresivamente, con los ojos llenos de desdén.
Ah, claro.
¿Qué diablos tenía que ver la estrella de informática con la facultad de medicina?
"Profesor, nuestros conocimientos de computación son más que suficientes, no necesitamos que nadie nos enseñe."
Se burló un estudiante incitando a los demás: "Además, no tendríamos cómo pagarle a una eminencia como Aldana."
Desde que entró a la universidad, se había convertido en una figura polémica, poniendo patas arriba a la facultad de informática.
Y ahora se atrevía a meter sus narices en los asuntos de medicina.
El conflicto que había tenido con Kiara Cárdenas era un secreto a voces.
Simplemente por tenerle el ojo puesto a Rogelio Lucero, no solo la había humillado en público.
Sino que luego usó sus influencias para destruir a la familia de Kiara.
De gente así, era mejor mantenerse alejado.
No fuera a ser que los llamara inútiles también.
"Sí, profesor, nosotros no estamos a su nivel", añadió otro estudiante con sarcasmo.
"¿Qué tonterías están diciendo? ¿Qué pasa si la hacen enojar y decide clavarnos agujas?", intervino una alumna con tono irónico: "Oye, Aldana, escuchamos que el profe Bonifacio se fijó en ti y dijo que tenías un gran talento médico solo porque salvaste a alguien usando acupuntura."
"Si eres tan buena con las agujas, deberías estar en Medicina tradicional. Aquí enseñamos Medicina occidental, usamos bisturís. ¿No te habrás equivocado de facultad?"
"¡Claro que sí! ¿Cree que por clavar un par de agujas ya puede saltarse de grado? ¿Acaso se cree Hipócrates o Galeno?"
"Jajajaja..."
Rieron todos los presentes al unísono, dejando en claro su intención de humillar a Aldana.
"¡Basta de decir tonterías!", los regañó severamente el profe Bonifacio.
"Tienen razón."
Intervino Aldana arqueando una ceja. Encaró a las diez personas que sonreían burlonamente y declaró sin prisa: "Efectivamente, no son dignos de que yo les enseñe."
Las sonrisas desaparecieron del rostro de todos.
¡Ja!
¿Encima aprovechaba el momento para echarse flores a sí misma?
¡Qué arrogancia!
"Profe Bonifacio, comencemos la clase", dijo Aldana sin intenciones de marcharse. Encontró un asiento vacío, se sentó y sacó disciplinadamente su libreta.
"Bien."
El profesor se acomodó los anteojos y su tono se volvió estricto: "Prepárense para la clase."
Los estudiantes voltearon a ver a Aldana, totalmente indignados.
Estupendo.
Ya verían si realmente tenía el intelecto que tanto presumía.

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