—Okey.
Sombra estaba tan emocionada que estuvo a punto de levantarse para agradecer, pero al recordar las palabras de Rogelio Lucero, se volvió a sentar en silencio y murmuró: —Gracias, Sr. Rogelio.
—Lo hago por Aldi —respondió Rogelio con tono indiferente.
—Lo sé, lo sé.
Sombra le sirvió más agua a Aldana y sonrió de oreja a oreja: —Este humilde servidor le sirve agua a la princesa.
Justo cuando decía esas palabras aduladoras, se escuchó la voz del mesero en la entrada:
—¡Leonardo Valencia, por aquí, por favor!
A Sombra le tembló la mano. Levantó la mirada y descubrió que, en efecto, era el chico mantenido.
¿Qué hacía él ahí?
—¿Leonardo? —Al verlo, Aldana también se sorprendió.
En el camino hacia allá, ella había recibido una llamada de Leonardo diciéndole que había terminado su trabajo y regresado al país.
Le preguntó dónde estaba.
Ella le respondió que estaba cenando en El Comedor del Bosque con Sombra.
Sabiendo que esos dos no se llevaban bien, enfatizó especialmente que Sombra también estaba ahí.
No esperaba que Leonardo apareciera.
—Hola, chico...
Sombra se atragantó con sus palabras, ajustó sus emociones y dijo: —Leonardo, ¿ya regresaste?
—Sí.
Leonardo dejó su bolso, se sentó junto a Sombra y levantó el vaso de agua que estaba sobre la mesa.
—Oye...
Sombra abrió los ojos de par en par e instintivamente intentó arrebatárselo, pero fue demasiado tarde.
Solo pudo ver con impotencia cómo Leonardo se tomaba su agua.
—Ese es mi vaso —le advirtió Sombra en voz baja—. Ya tomé de ahí.
Leonardo se quedó un poco desconcertado. Claramente no había visto a nadie en ese asiento y pensó que Aldi se lo había servido de antemano.
—Lo siento.
Leonardo bajó el vaso, incómodo, y le entregó uno nuevo.
—No pasa nada.
Sombra se rascó el cabello con incomodidad, se volvió a sentar en la silla y, de forma inexplicable, sintió que las mejillas le ardían.
Qué raro.
Claramente Leonardo era el que se había equivocado, ¿por qué se estaba sonrojando ella?

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