—Gilda...
Héctor se acercó un poco más, mirándola con intensidad y voz ronca—. Puede que creas que esto es un capricho o que soy demasiado inmaduro.
—Pero de verdad te amo y quiero pasar mi vida contigo.
La miró con una seriedad pasmosa y afirmó sin titubear:
—Quiero casarme contigo.
¿Casarse?
La palabra cayó como un mazo sobre Gilda, dejándola aturdida.
Aunque había accedido a salir con él, lo hizo para seguir lo que dictaba su corazón en el momento.
Quería intentar algo nuevo y dejar de darle vueltas a sus propios tormentos.
¿Pero llegar a casarse?
Nunca había imaginado que su relación con Héctor avanzaría hasta ese punto.
—Gilda...
Héctor se acercó todavía más, hasta casi rozarle la nariz con sus labios.
Pero se detuvo, curvó los labios en una sonrisa y le dijo con total firmeza:
—¡Te juro que algún día me voy a casar contigo!
Antes de que Gilda pudiera procesarlo, él ya se había levantado y le tendía la mano:
—Ven, te ayudo.
Ella se dejó levantar y se quedaron frente a frente.
—Buenas noches...
Héctor entornó los ojos, enarcó una ceja y sonrió:
—Novia mía.
Gilda estaba atónita.
Ya le zumbaban los oídos de tanto escuchar la dichosa palabrita en estos últimos días.
***
En su habitación.
Gilda se sentó con las piernas cruzadas en la cama para analizar a fondo la declaración de Héctor.
¿Casarse?
¡Vaya que soñaba en grande!
¡Ni siquiera sabía si iban a durar como pareja!
Además, ¿qué le iba a decir a Aldi?
Con solo pensar en todo ese embrollo, sentía que le iba a estallar la cabeza.
¡Ahhhh!
Era demasiado complicado.
Luchar con los sentimientos era más difícil que enseñarle a boxear a un cerdo.
—Uff...
Se dejó caer hacia atrás y se tapó la cara con las sábanas.

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