—No me gusta la leche sola, su sabor es empalagoso. —Gilda frunció el ceño, tratando de recuperar su botella de vino.
—Tiene un toque de vainilla y canela, no sabe empalagosa. —Héctor insistió con paciencia—. Pruébala, y si no te gusta, me tiro por la ventana ahora mismo.
—¿Estás loco?
Gilda se le quedó mirando y, tras un largo silencio, soltó esa frase.
Después de esa amenaza, ¿cómo iba a atreverse a decirle que no le gustaba?
Segundos después.
Gilda tomó el vaso y le dio un pequeño sorbo. El rico sabor de la vainilla y la canela impregnó su paladar.
Efectivamente, no tenía el sabor pesado de la leche sola.
Lo miró de reojo y preguntó:
—¿Cómo la preparaste?
—Receta secreta de la casa.
Héctor sonrió, muy ufano. Jamás le confesaría que le había robado la receta a su hermano mayor.
—Tsk.
Gilda le echó una mirada, revisó la hora y sentenció:
—Iré al estudio a trabajar un rato.
—Yo prepararé la cena —se ofreció Héctor—. Te avisaré cuando esté lista.
—De acuerdo.
Gilda, sin saber qué más añadir, se rascó la cabeza en un gesto incómodo.
Cuando ella volvió a la sala.
Ya había tres guisos y una sopa servidos en la mesa, y el televisor estaba encendido.
Toda la casa parecía llena de vida.
Después de cenar.
Gilda se sentó en el sofá para responder los mensajes de Dalia.
Héctor se sentó a su lado y se dedicó a pelar semillas para ella.
El televisor seguía encendido.
Gilda le echó un vistazo y vio que daban una de esas telenovelas juveniles llenas de drama barato.
La trama no era gran cosa, pero al menos los actores principales eran atractivos.
Se dejaba ver.
Pero mientras miraba, Gilda empezó a notar algo extraño.
¿No se suponía que solo iban a platicar abrazados?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector