La puerta se cerró.
Sombra se acercó al ventanal y contempló aquella ciudad que le resultaba a la vez extraña y familiar.
Después de unos segundos de pesado silencio, marcó el número de Aldana.
—Alda, necesito que me hagas un favor.
—Dime.
—Investiga a fondo a Leandro Carrasco, a Zoe Alvarado y a su hija. Quiero toda su información —dijo Sombra—. Lo bueno y lo malo. Lo quiero todo.
—¿Estás lista para atacar? —Aldana sonrió al otro lado de la línea—. Pide por esa boca, te puedo sacar hasta los secretos de sus antepasados. Aunque, tratándose del Mandatario de un país, me tomará un poco de tiempo recopilarlo todo.
—No hay problema —Sombra alzó una ceja con indiferencia. Una vez resuelto el asunto principal, no pudo evitar preguntar por lo demás—: ¿Cómo está Leonardo?
—Muy tranquilo —en la capital ya era de noche, y Aldana soltó un bostezo—. Supongo que ya aceptó la realidad.
—Qué bien.
Sombra apretó los labios con una innegable tristeza, y su voz se volvió más grave.
—En cuanto termine con esto, iré a verte.
—Cuídate mucho —le pidió Aldana en voz baja—. Sombra, prométeme que no te pasará nada.
—Tranquila —Sombra arrastró las palabras, recuperando su tono desenfadado—. Tengo que vigilar de cerca a ese viejo zorro, no me va a pasar nada.
Terminó la llamada.
La sonrisa desapareció por completo del rostro de Sombra, dejando un vacío helado en su interior.
Leonardo...
Al parecer, de verdad se convertiría en un simple pasajero en su vida.
***
Al salir del Centro Administrativo.
Sombra se volvió hacia Carla y le dedicó una sonrisa falsa.
—Ya saliste de trabajar, vete a casa.
—Pero el Mandatario me ordenó seguirlo a todas...
—No te preocupes —Sombra le dio unas palmaditas en el hombro y le habló con tono perezoso—. Si el Mandatario te pregunta, dile que te apunté a la cabeza con un arma y te amenacé para que no me siguieras.
Carla se quedó paralizada, con la cabeza dándole vueltas.
Siempre había escuchado los rumores de que el joven Carrasco era un tanto desquiciado, pero ahora veía que no exageraban.
—Toma esto.
Sombra sacó un fajo de billetes de su billetera y se los puso en las manos.
—Pídete un taxi a casa. Mañana puedes volver a vigilarme.
Carla no supo qué decir.
Aferró el dinero con impotencia y vio cómo Sombra se marchaba.
Al subir a su auto, Sombra marcó el número de un amigo.
—Nos vemos en el bar. Apúrate.

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