—¿No es conveniente? ¿Qué tiene de inconveniente? —murmuró Marcela entre quejas, para luego alzar la voz de repente—. No puede ser, no me digas que... ¿de verdad te gustan los hombres?
Por eso se negaba a traer a nadie a casa.
—Abue...
A Rogelio se le escapó una risa de exasperación, incapaz de explicarle.
No podía decirle que su futura nieta política todavía estaba en el instituto, ¿o sí?
Si se enterara, Marcela probablemente le rompería las piernas.
Además, la chica apenas había comenzado a acercarse a él. Para empezar a cortejarla, tendría que esperar al menos a que se graduara.
No quería que lo llamaran depravado.
—A mí no me importa —dijo Marcela con tono muy serio—. Invité a la Curanderita a mi fiesta de cumpleaños. Estés como estés, tienes que venir.
Rogelio suspiró, agotado. No entendía qué clase de embrujo le había echado esa tal Curanderita a su abuela.
Si no iba a verla, Marcela no lo dejaría en paz.
—Está bien.
Rogelio aceptó, para cumplir el deseo de Marcela.
—Si no la quieres, es tu mala suerte —dijo Marcela, medio muerta de la rabia, con ganas de darle un par de bofetadas—. En la familia Lucero hay muchos otros jóvenes en edad de casarse. Yo misma le elegiré al mejor.
Quien se casara con la Curanderita tendría la suerte de ocho generaciones de ancestros.
—De acuerdo, abuela.
Rogelio esbozó una sonrisa resignada y dijo en voz baja:
—Escógele bien, y si funciona, te aseguro que les daré un gran regalo.
Marcela se quedó sin palabras. Cansada de discutir con él, colgó el teléfono de golpe.
¡Qué rabia le daba!
Nieto ingrato.
¡Qué nieto tan ingrato!
—
Aldana durmió de un tirón hasta las ocho de la noche.
Al despertar, instintivamente miró a su alrededor.
Recordaba haber estado estudiando en la sala, y luego soñó que Rogelio la cargaba...

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