Al ver a la persona frente a él, Leonardo parecía estar en trance y tardó en reaccionar.
Después de todo...
La Sombra que él tenía en la mente era un hombre, y la mujer que estaba frente a él era espectacularmente hermosa.
Aunque, mirándola de cerca, los rasgos faciales eran idénticos.
Espera.
No, no es que se parecieran. Era ella.
—Tú...
Leonardo frunció el ceño y avanzó con cautela, clavando sus ojos en ella:
—¿Sombra? ¿Eres tú?
—¡Ah!
Sombra se cruzó de brazos, frunció el ceño y murmuró:
—¿Y quién más iba a ser?
Leonardo se acercó un poco más. Al fin pudo detallar los ojos de la chica y la envolvió en un abrazo emocionado.
—Sombra, por fin regresaste.
—Sí.
Sombra le rodeó la cintura y se quejó con fastidio:
—¿No decías que no soportabas que te tocaran? ¡Pues ahora me estás abrazando bastante fuerte!
—¡Y hasta me empujaste!
Sombra se fue enfadando más a medida que hablaba; le pellizcó la cintura con fuerza y le reclamó:
—¡Choqué contra la mesa y me duele muchísimo la cadera! ¡Págame los daños!
¿Había chocado?
Leonardo frunció el ceño. Al notar las miradas curiosas de los espectadores, le tomó la mano a Sombra y la arrastró rápidamente hacia la sala de descanso.
—¡Oye!
Sombra llevaba tacones y apenas podía seguirle el ritmo, tropezando a cada paso.
Al darse cuenta...
Leonardo se detuvo y la cargó en brazos.
Sombra se quedó sin palabras.
Antes de que pudiera asimilarlo, la puerta de la sala de descanso se abrió. Leonardo la llevó directamente al dormitorio, la acostó en la cama grande y empezó a desabotonarle el vestido.
—¿Qué haces?
Sombra retrocedió, mirándolo con total desconfianza, molesta:
—¿Es que cada vez que me ves solo piensas en eso?
Leonardo, con el rostro serio, no detuvo sus manos.
—Leonardo Valencia, si me vuelves a tocar, te juro que...

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