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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1661

Una vez más, el oponente recurrió a trucos sucios, rozando los límites del reglamento y apuntando directamente a zonas vitales.

Tras varios intercambios, Javi empezaba a sentirse exhausto, pero seguía recordando las palabras de Gilda.

«En un torneo de exhibición, puedes perder, pero no puedes permitirte salir lastimado».

Sin embargo...

Al recordar las provocaciones y el desprecio en la mirada del otro, Javi sintió que, aunque no pudiera ganar, debía darlo todo. No iba a dejar que nadie lo pisoteara.

...

Javi apretó los dientes, se limpió el hilo de sangre de la comisura de los labios y se lanzó de nuevo al ataque.

—¡Vamos!

—¡Acábalo!

El público estaba eufórico, gritando a todo pulmón. Todo el lugar era un caos de ruido y adrenalina.

...

Al ver el estado lamentable de Javi, la gente del Club Lobo Feroz sonreía con arrogancia.

—Gilda, creo que lo van a matar. —Dalia, la pasante, tocó tímidamente el brazo de Gilda—. ¿No le pasará nada? ¡Ese tipo está golpeando con demasiada fuerza!

—Él sabe lo que hace —respondió Gilda con voz ronca—. Aunque está exhausto, es inteligente. No ha dejado que lo lastimen de gravedad, solo está ganando tiempo.

Aunque Javi había recibido golpes, su oponente tampoco había salido ileso. El resultado era evidente: iba a perder. Pero si estaba alargando el combate, era solo para no avergonzarla frente a todos.

—Javi es un buen tipo —murmuró Héctor Lucero a su lado—. Cuando volvamos, le prepararé un buen caldo de pollo para que recupere fuerzas.

—¡Piiii!

Con el silbatazo del árbitro, terminó el segundo asalto. El Club Lobo Feroz se llevó la victoria.

Javi arrastró su cuerpo cansado hasta Gilda y esbozó una sonrisa adolorida.

Gilda lo miró en silencio y se dio cuenta de que no estaba bromeando.

Ante esas palabras, el corazón de Gilda dio un vuelco repentino. Durante tantos años, siempre había sido ella quien iba a la línea de frente. Nadie se había interpuesto para protegerla.

Aldana había sido la primera. Y ahora él era el segundo.

¿Él iba a subir? Con ese cuerpo de fideo, un solo golpe lo mandaría volando por los aires.

—No tengo tiempo para tus juegos. —Gilda desvió la mirada, ocultando el fugaz rastro de pánico en sus ojos, y le dio la espalda—. Quédate sentado y pórtate bien.

—¡Gilda! —Al ver que se alejaba, Héctor alzó la voz—. Cuídate mucho, ¿me oíste? Si te lastiman, me voy a preocupar demasiado.

Héctor hizo una pausa de un par de segundos y, al encontrarse con la mirada de Gilda, añadió con voz ronca y algo nerviosa:

—Quiero decir... si te pasa algo, no sabré cómo darle la cara a mi cuñada.

—No tienes que darle explicaciones a nadie. —Gilda apretó los labios y, con un tono frío pero lleno de absoluta confianza, articuló cada palabra—: No voy a perder, y mucho menos voy a salir lastimada.

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