Una vez más, el oponente recurrió a trucos sucios, rozando los límites del reglamento y apuntando directamente a zonas vitales.
Tras varios intercambios, Javi empezaba a sentirse exhausto, pero seguía recordando las palabras de Gilda.
«En un torneo de exhibición, puedes perder, pero no puedes permitirte salir lastimado».
Sin embargo...
Al recordar las provocaciones y el desprecio en la mirada del otro, Javi sintió que, aunque no pudiera ganar, debía darlo todo. No iba a dejar que nadie lo pisoteara.
...
Javi apretó los dientes, se limpió el hilo de sangre de la comisura de los labios y se lanzó de nuevo al ataque.
—¡Vamos!
—¡Acábalo!
El público estaba eufórico, gritando a todo pulmón. Todo el lugar era un caos de ruido y adrenalina.
...
Al ver el estado lamentable de Javi, la gente del Club Lobo Feroz sonreía con arrogancia.
—Gilda, creo que lo van a matar. —Dalia, la pasante, tocó tímidamente el brazo de Gilda—. ¿No le pasará nada? ¡Ese tipo está golpeando con demasiada fuerza!
—Él sabe lo que hace —respondió Gilda con voz ronca—. Aunque está exhausto, es inteligente. No ha dejado que lo lastimen de gravedad, solo está ganando tiempo.
Aunque Javi había recibido golpes, su oponente tampoco había salido ileso. El resultado era evidente: iba a perder. Pero si estaba alargando el combate, era solo para no avergonzarla frente a todos.
—Javi es un buen tipo —murmuró Héctor Lucero a su lado—. Cuando volvamos, le prepararé un buen caldo de pollo para que recupere fuerzas.
—¡Piiii!
Con el silbatazo del árbitro, terminó el segundo asalto. El Club Lobo Feroz se llevó la victoria.
Javi arrastró su cuerpo cansado hasta Gilda y esbozó una sonrisa adolorida.

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