—Sigo pensando que es absurdo... —Lucio Ibarra apretó los puños, la envidia reflejada en su rostro—. El Profesor Peter la conoce, ¿y si a él también lo compró?
Los demás: ...
Tampoco era para tanto. ¿No estaba Lucio dejándose llevar demasiado por sus emociones?
—Bueno... —El Profesor Peter sonrió torpemente, pero su tono fue firme—. Yo confío en las palabras de mi Jefa.
Durante sus investigaciones médicas, él se había enfrentado a muchísimos obstáculos, y todos habían sido resueltos con la ayuda de ella.
Muchos de sus experimentos, investigaciones e incluso la creación de proyectos importantes, llevaban su sello.
Decir que era una eminencia médica, no era para nada una exageración.
—Que tú lo creas no significa que los de abajo lo hagan. —Aldana sonrió con indiferencia, sacó su teléfono y marcó un número internacional.
—Tengo un pequeño problema y tal vez necesite que dé la cara por mí —dijo Aldana sosteniendo el celular—. ¿Qué problema? ¡Demostrar que soy una eminencia médica!
—Aldana, ¿a quién estás llamando? —preguntó curioso el profe Bonifacio.
—A la Profesora Michelle —respondió ella.
—¿A la Profesora Michelle?
El Profesor Peter y el profe Bonifacio soltaron al unísono, llenos de asombro.
—¿Te refieres a la experta del Instituto Internacional de Investigaciones Médicas, que ya estaba jubilada en su casa y la volvieron a contratar, la mismísima Profesora Michelle? —preguntó el profe Bonifacio con voz temblorosa.
Esa experta era conocida por cualquiera que estuviera mínimamente involucrado en la medicina.
Era una auténtica 'manos mágicas' capaz de arrebatarle pacientes a la mismísima muerte.
Su tasa de éxito en cirugías era del 99%, y las personas que había salvado eran incontables.
A pesar de sus 80 años de edad, seguía en la primera línea luchando por el avance de la medicina.
Se había ganado el respeto y la admiración de los médicos de todo el mundo.

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