Casiana apretó sus brazos alrededor del cuello de Félix, clavando sus ojos almendrados en el rostro del hombre. Por su cabeza no paraban de cruzar pensamientos inquietantes.
¿Qué había querido decir con eso de «Incluso si usted se casa dos veces y se divorcia en ambas, yo seguiré casado»?
¿Acaso ya no pensaba en el divorcio?
Pero eso carecía de lógica. ¡Si no se divorciaban, él jamás podría huir para estar con su amor platónico!
Mientras observaba cómo las dos figuras se alejaban, Gustavo Galván permaneció estático, sumido en sus pensamientos durante largo rato.
La voz de la dependienta logró sacarlo de su abstracción.
—Señor, ¿le puedo ayudar en algo más?
—Póngame dos pasteles para llevar, por favor. —Gustavo Galván apartó la mirada y pidió en tono bajo—: Uno de lichi y otro de fresa.
—Lo siento muchísimo, el último trozo de pastel de fresa se lo llevó el caballero de hace un momento. —La dependienta le ofreció una disculpa acompañada de una amable sonrisa—. ¿Gusta elegir otro sabor?
Gustavo Galván guardó silencio por unos segundos, ocultando la decepción que asomó a sus ojos. Esbozó una sonrisa resignada y dijo:
—Ya sea tratándose de cosas o de personas, el orden en el que uno aparece lo es todo, ¿verdad?
—¿Eh?
La dependienta quedó desconcertada por tan peculiar pregunta. Tras pensarlo un instante, respondió suavemente:
—A mi parecer, sí.
Tal como sucedió con el pastel de fresa; por llegar un instante más tarde, otra persona se lo llevó.
—¿Usted cree?
Gustavo Galván miró de reojo la mesa, al pastel de fresa que había comprado Félix, y dejó escapar una sonrisa amarga.
—Déjelo así. Cuando horneen pasteles frescos mañana, regresaré.
A fin de cuentas, solo tendría que aguardar un poco más de tiempo.
Y el tiempo era algo que le sobraba.
***
El coche se detuvo.
Félix giró la cabeza y descubrió que, en algún momento del trayecto, Casiana se había quedado dormida.
Su cabeza descansaba hacia un lado, con la mejilla apoyada directamente sobre el cinturón de seguridad, creando un pequeño y adorable montículo en su rostro.
Sus pestañas, largas y tupidas, proyectaban delicadas sombras debajo de sus ojos.
Se veía sumamente adorable.
Incapaz de resistirse, Félix se inclinó y examinó con detenimiento las facciones de la chica, curvando los labios sin proponérselo.
Así que así era ella cuando dormía...
Idéntica a un niño, tan serena y angelical, que despertaba unas ganas locas de pellizcarle suavemente la mejilla.
Sin embargo.
Al pensar en que una chica tan hermosa como ella estaba a punto de pertenecerle a otro hombre, una furia sorda ardía en el interior de Félix.
Era más que suficiente.
Bastaba con avanzar un paso a la vez.
***
Al llegar a casa.
Casiana se acomodó en el sofá y le hizo una videollamada a Doña Inés.
Félix salió de ducharse y, al ser convocado frente a la cámara, esbozó una sonrisa y saludó:
—Hola, Doña Inés.
—¡Félix! —Al verlo, los ojos de la anciana se arrugaron de felicidad—. Sé que tu trabajo es extenuante, pero no olvides cuidar de tu salud.
—Por supuesto, Doña Inés. —Félix se secó el cabello, revelando una sonrisa cálida—. Tomaré en cuenta sus palabras.
—Me parece perfecto.
La señora asintió satisfecha, y a continuación, preguntó:
—Por cierto, me han comentado que la familia que lograste localizar reside en la capital. ¿Ya has llevado a Casiana a visitarlos?
La sonrisa de Félix se borró, sin saber muy bien qué contestar.
Durante los días que Casiana llevaba allí, él nunca había sacado el tema, dando por hecho que ella no estaba interesada en conocerlos.
—Doña Inés.

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