Incluso se veía bastante guapo.
—¿No has desayunado? Traje un poco de comida de casa, la preparó mamá.
Wilfredo se acercó y le entregó una bolsa a Aldana.
—Escuché que hoy vas a ver el torneo de debate de Inés, así que casualmente preparó de más. Llévale una porción a ella también.
—Ah.
Aldana tomó la bolsa de forma autómata. Miró a Wilfredo con recelo y le tomó un buen rato encontrar su voz:
—Qué considerado de tu parte.
—¿Por qué lo dices de esa forma? —Wilfredo parpadeó, delatando sus nervios, y sonrió—. Al final del día, casi somos familia, ¿no?
—¿Familia?
Aldana analizó esa palabra cuidadosamente. ¿De qué manera él e Inés podrían considerarse familia?
—Mira, tiene todo lo que te gusta —Wilfredo cambió de tema de inmediato—. Empanadas, huevos revueltos, pan dulce...
—A ver.
La atención de Aldana fue rápidamente capturada por la comida, así que dejó de pensar en el resto del asunto.
—Justo hoy tengo unos asuntos en la Universidad de la capital —le dijo Wilfredo a Rogelio—. Yo mismo puedo llevar a Aldana.
...
Rogelio miró a Aldana, esperando su aprobación.
Aldana asintió:
—Está bien.
Rogelio respondió:
—De acuerdo.
...
Un músculo en el rostro de Wilfredo tembló; no tenía palabras para eso.
¡Qué Mandilón había resultado ser!
***
En el auto.
Aldana casi había terminado de comer. Levantó la mirada hacia Wilfredo.
—¿A qué vas exactamente a la universidad?
—Oh —Wilfredo miró a la chica por el espejo retrovisor, sintiéndose culpable—. Me inscribí hace poco en un Taller de Investigación Jurídica. Las clases son en el campus.
—¿Un taller? —Aldana frunció el ceño con una sonrisa incrédula—. ¿Desde cuándo te apasiona tanto estudiar?
—Yo te sostengo eso.
Al verla luchar, Wilfredo extendió las manos hacia ella.
Inés le entregó la comida y susurró un tímido «gracias». Hubiera querido saludarlo con un gesto de respeto, pero con las manos ocupadas era demasiado incómodo. Ya lo saludaría mejor la próxima vez.
—Algunas partes son demasiado rebuscadas. Te agregaré unos argumentos más contundentes.
Aldana se sentó en una silla, cruzó las piernas con elegancia y comenzó a corregir con mucha concentración.
Inés se acuclilló a su lado, comiendo mientras leía. Sus mejillas se inflaban con cada bocado, luciendo exactamente como una pequeña ardilla.
...
Wilfredo no dejaba de mirar a la «ardillita», y la sonrisa en sus ojos se volvía cada vez más profunda.
Qué tierna.
Le daban ganas de llevársela a casa para cuidarla.
Justo en ese momento...
La puerta se abrió y entró un chico alto y muy apuesto.
—Inés.
Wilfredo volteó bruscamente y su sentido de alerta se disparó al mil por ciento.

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