Después del almuerzo.
Aldana tenía clases por la tarde, así que planeaba regresar a la universidad para descansar un rato.
Al haber concluido el torneo de debate, Inés tenía permiso para retirarse temprano.
Normalmente, ella también se quedaría en los dormitorios del campus, pero debido a su preocupación por la salud de su madre, había tramitado un permiso especial para vivir fuera de la universidad.
Cada minuto libre que tenía, lo pasaba en casa acompañando a Serena.
—¿Dónde están los libros?
Al levantarse de la mesa, Wilfredo tomó casi por instinto la bolsa con la computadora de Inés.
—¿Eh?
Inés extendió la mano hacia el aire, al ver que él ya tenía sus cosas, y respondió apresuradamente:
—Todos los libros los tengo en la casa.
—Perfecto. —Wilfredo levantó el mentón con un tono lleno de dulzura—. Te llevo a tu casa, así de paso los recojo.
—Ah... está bien.
La lógica era irrefutable, así que Inés no encontró excusa para negarse. Parecía un pajarito asustado mientras caminaba hacia el estacionamiento detrás de él y, por mero instinto, intentó abrir la puerta trasera del auto.
—¿Acaso me ves cara de chofer? —Wilfredo sostenía la bolsa de la computadora y la miró con una sonrisa socarrona.
—No, para nada.
Inés no sabía nada sobre la etiqueta de los asientos en los autos. Al darse cuenta de su error, se apresuró a subir al asiento del copiloto.
Se sentó recta como una tabla, con la espalda tiesa y la mirada fija al frente.
Tenía una postura tan rígida como si estuviera a punto de jurar a la bandera.
—Relájate, que no soy un ogro come-niñas. —Wilfredo se acomodó en el asiento del conductor y dejó la mochila en la parte trasera.
De pronto, se inclinó sobre ella.
...
Inés dio un respingo, tomó una bocanada de aire y pegó la espalda al asiento, cerrando los ojos con fuerza mientras sus pestañas temblaban como alas de mariposa.
*Clic*.
Wilfredo le abrochó el cinturón de seguridad y se quedó mirándola con una sonrisa cargada de diversión.
—En la guantera hay botanas. Si quieres comer algo, tómalo con confianza.
...
Inés abrió los ojos y efectivamente vio la pequeña gaveta repleta de dulces y golosinas.
Seguramente los había preparado para su prima, que era bastante glotona.
Maldición.
¿Cómo podía existir una criatura tan dulce en este mundo?
—Tengo que serlo —respondió ella en voz baja.
Su madre ya se lo había advertido: su prima y toda su familia pertenecían a un mundo muy distinto al de ellas.
Aunque ellos las trataran con el cariño de una familia, no debían abusar de su confianza.
No podían dejarse llevar y olvidar sus modales solo por tener personas tan importantes respaldándolas.
El respeto siempre debía mantenerse intacto.
—Qué niña tan educada. —Los labios de Wilfredo se curvaron en una sonrisa seductora.
...
Al oír eso, Inés frunció levemente el ceño.
—Ya no soy una niña.
—De acuerdo. —El buen humor invadió a Wilfredo y su rostro atractivo resplandeció de alegría mientras murmuraba con voz ronca—: Qué alivio que ya no seas una niña, porque de lo contrario...
—¿Qué?

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