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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1534

Esa noche.

Las notificaciones en el teléfono de Inés no dejaron de sonar ni un solo minuto.

Wilfredo se transformó en el preguntón oficial.

Una pregunta tras otra, sin descanso.

Inés, con la paciencia de un ángel, le explicaba con amabilidad.

Escuchar la dulce voz de la chica mantenía a Wilfredo embelesado y de repente sintió la necesidad de más.

—Inés...

Se aclaró la garganta, interrumpiendo su explicación, y habló con un tono profundo:

—No me acostumbro a hablar por mensajes, ¿hacemos una videollamada?

Inés se quedó en silencio un par de segundos. Como no se atrevía a rechazarlo, respondió débilmente:

—Está bien.

En cuestión de segundos.

La llamada de voz cambió a video.

En la pantalla.

Inés traía puesta una camiseta blanca bastante holgada. Su cabello estaba recogido en un moño descuidado y un poco despeinado.

Al parecer estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una silla, ya que, al hablar, se acercó un poco más a la cámara.

Su rostro pálido y hermoso acaparó la pantalla.

Sus ojos, limpios y brillantes como dos luceros, irradiaban una magia fascinante.

—Uf...

Wilfredo se reclinó hacia atrás y una sonrisa de absoluta victoria se dibujó en sus labios.

Esa voz lo había tenido ansioso toda la noche, pero ahora, viéndole la cara...

Ah.

Qué tranquilidad.

—Entonces, básicamente eso es lo que significa... —Inés terminó de explicar un artículo legal y levantó la vista hacia la pantalla.

Se encontró a Wilfredo con la cabeza ladeada y el rostro apoyado sobre una mano, observándola fijamente.

Los ojos del hombre eran alargados y de un negro profundo, con una leve inclinación hacia arriba en los extremos, acompañados por una sonrisa en las comisuras de sus labios.

En ese instante.

Sus miradas se cruzaron.

El corazón de Inés se saltó un latido y un torrente de emociones imposibles de descifrar la invadió.

Definitivamente la genética no fallaba. Era hermano de la estrella de cine Leonardo Valencia y el hermano mayor de Aldana.

Era sumamente apuesto.

—Si lo explico de esta forma, ¿queda claro? —preguntó Inés, bajando la voz y apartando la mirada rápidamente.

—Mjm.

Emanaba esa clásica elegancia de un seductor implacable.

—No está mal, pero podrías mejorar —le respondió Aldana de reojo, esbozando una pequeña sonrisa.

—En ese caso, me esforzaré más. —Rogelio se inclinó, rozando su nariz contra la de ella. Sus ojos oscuros brillaban con intensidad—. Solo que... necesitaré que me des una pequeña recompensa.

—¿Recompensa?

Aldana tomó su corbata, enrollándola entre sus dedos de forma juguetona, y sus ojos se curvearon.

—¿Y qué clase de recompensa quiere, señor Lucero? Cuénteme.

—Vaya, qué complaciente andas hoy. —Rogelio levantó una ceja, ahora mucho más interesado—. Pues quiero que...

*Bzz, bzz, bzz...*

Justo cuando Rogelio estaba a punto de cobrar sus beneficios, el celular a un lado comenzó a sonar.

Era Eliseo.

Rogelio frunció el ceño con molestia, pero de todos modos contestó y advirtió con tono amenazante:

—Más te vale que sea de suma importancia.

Eliseo sintió que el corazón se le detenía por el susto, y se apresuró a decir:

—Jefe, se trata de la familia Mendes.

—Habla.

El ceño de Rogelio se relajó un poco. Activó el altavoz y dejó el celular cerca de Aldana.

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