—Señorita Carrillo, ya investigamos a fondo el asunto de la familia Mendes —informó Eliseo con absoluto respeto—. Tenía toda la razón. El Grupo Mendes iba en pleno crecimiento hace apenas dos años, pero de la noche a la mañana, todo se vino a pique.
—A simple vista parece un árbol fuerte, pero por dentro está completamente hueco.
Bastaba un viento un poco más fuerte para derribarlos por completo.
—Continúa —murmuró Aldana, cerrando los ojos con pereza.
—El actual presidente, Justino Mendes, es un tirano incompetente que se la pasa intimidando a los miembros de la junta directiva.
Al leer el informe, a Eliseo se le notaba la molestia.
—Incluso ha despedido sin piedad a varios de los veteranos más leales que ayudaron a levantar el imperio al lado de Don Joaquín. Hay mucho descontento dentro de la empresa, pero nadie se atreve a decir nada.
—Y hay algo más... —Eliseo hizo una breve pausa y tosió un par de veces—: Justino Mendes mantiene a una actriz de cuarta como amante, y resulta que la mujer ya tiene ocho meses de embarazo. ¡Es un niño!
—Pero su esposa, la señora Mendes, tampoco se queda atrás y se divierte bastante. Al parecer tiene un amorío bastante candente con su entrenador de gimnasio.
—Y por último, está Lucrecia Mendes. —Eliseo se detuvo de nuevo.
Aldana, que ya estaba perdiendo la paciencia, le reclamó:
—Eliseo, si no puedes hablar de corrido, puedo pedirle a Rogelio que busque un nuevo asistente.
—¡No, no, no!
Eliseo se apresuró a soltar la información de golpe por el pánico:
—Después de perder su compromiso con la familia Targo, Lucrecia logró enredarse con el presidente de una empresa cotizada en bolsa. Es un tipo con mucho dinero y poder, pero hay un pequeño detalle... está casado.
Simplemente le parecía que todos en esa familia eran una locura.
Eran unos verdaderos casos perdidos.
La genética era algo fascinante.
—Señorita Carrillo, ¿cuándo daremos el golpe final contra los Mendes? —insistió Eliseo—. Si dejamos que las cosas sigan así, el poco prestigio que le queda al Grupo Mendes va a desaparecer por completo.
Y por el profundo respeto que le tenía al fallecido Don Joaquín, Aldana jamás permitiría que eso sucediera.
—Haz que las pruebas que encontraste le lleguen tanto a Justino como a su esposa.
Aldana abrió ligeramente los ojos y sentenció con frialdad:
—Sería estupendo que armaran un buen escándalo justo en medio de la junta directiva.
—En cuanto a Lucrecia...
Aldana lo pensó un momento y ordenó con voz clara:
—Mándale las pruebas a la esposa de ese empresario. Que se encargue de darle una pequeña lección.
—Entendido.
Tras acatar las órdenes, Eliseo preguntó con mucha cautela:
—Señorita Carrillo, ¿alguna otra instrucción?
—No.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector