—Lo escuché.
Héctor se dejó caer en el sofá del hotel. Era una de las pocas veces que tenía tanta paciencia para contestarle una llamada a su madre.
—¿Y qué tienes que decir al respecto? —exigió la Señora Lucero, con voz cortante como el hielo—. ¿Se atreve a hablarle así a alguien mayor que ella y todavía crees que tiene educación? Una mujer con esos modales solo traerá desgracias si se casa y entra a nuestra familia.
—¿Alguien mayor?
Héctor soltó una carcajada irónica y respondió con calma:
—Mamá, Gilda aguantó todos tus comentarios pasivo-agresivos precisamente porque te respeta como a alguien mayor. Si fueras cualquier otra persona, ni siquiera te habría dejado abrir la boca. Deberías darte por servida.
—¿Qué estás diciendo?
La Señora Lucero se quedó en shock, sintiendo que la furia le quemaba el pecho.
—¡Esa tipa acaba de humillar a tu madre y esa es tu actitud!
—Entonces ya admites que es mi novia —Héctor levantó una ceja, claramente divertido—. Gilda es así: parece fría por fuera, pero es de gran corazón. Si tú la tratas bien, ella te lo multiplicará por diez.
—Y además...
La voz de Héctor se llenó de un orgullo genuino:
—¿No la escuchaste, mamá? Gilda dijo que aunque me quede en la calle, ella no me va a dejar. ¿Ahora qué hago? ¡Creo que la amo todavía más!
La Señora Lucero se apartó el teléfono de la oreja y revisó la pantalla dos veces para asegurarse de con quién estaba hablando.
¿De verdad este era Héctor? ¿Su hijo?
¡Le habían cambiado al niño por un imbécil sin remedio!
¡Ella le mandó el audio para que se pelearan y rompieran, no para servirles de terapeuta de pareja!
—¡Tú… tú… tú…!
A la Señora Lucero le salió el tiro por la culata. Estaba tan indignada que no podía hilar una frase. Arrojó el teléfono al suelo con todas sus fuerzas.
Bien.
En cuanto su esposo pusiera un pie en la casa, iba a quejarse de todo. Héctor siempre le había tenido respeto a su padre. A él sí lo escucharía.
***

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