—¿Por qué no?
La Señora Lucero frunció el ceño profundamente, su voz teñida de indignación.
—Alondra es la candidata perfecta. Yo misma la seleccioné. Ya sea por su abolengo, su belleza o su nivel educativo, es de lo mejor que hay en la alta sociedad.
—Es complicado. No te lo puedo explicar todo ahora mismo.
Don Segundo le dio unas palmaditas en el hombro a su esposa y le advirtió con tono severo:
—En resumen, quiero que te mantengas alejada de ella.
El patriarca de los Valeriano había criado a una víbora de dos caras.
Por fuera, Alondra parecía una niña dulce, elegante y frágil. Pero por dentro era despiadada y capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya.
Una vez, Don Segundo fue invitado a un banquete en la mansión de los Valeriano. Salió a caminar por el jardín para despejarse del alcohol y, de casualidad, vio a una Alondra de trece años jugando con un gato.
Durante el «juego», la niña, por pura diversión, le pisó la cola al animal con fuerza. El gato, enfurecido, intentó arañarla. Ella se apartó a tiempo y no sufrió ni un rasguño, pero su orgullo quedó herido.
Como venganza, agarró al gato por el cuello y lo arrojó al estanque.
Don Segundo la observó quedarse de pie, mirando con frialdad absoluta cómo el pobre animal luchaba desesperadamente por mantenerse a flote, hasta que finalmente se ahogó.
Justo en ese momento, un empleado del jardín pasó por ahí. Alondra cambió su expresión en una fracción de segundo. Empezó a llorar, haciéndose la mosca muerta y pidiendo a gritos que salvaran a su «gatito».
Pero en cuanto el empleado se dio la vuelta, a la niña se le escapó una sonrisa macabra.
Ver una expresión tan llena de maldad en el rostro de una niña de trece años lo dejó marcado de por vida.
—Ni siquiera la conoces bien —lo interrumpió la Señora Lucero, defendiéndola—. Cuando tú y Héctor me dejaban sola por el trabajo, Alondra siempre venía a hacerme compañía para que no me sintiera triste.
—Lo siento mucho.
Don Segundo le tomó la mano a su esposa y suavizó la voz:
—Ya casi termino todos mis pendientes en la oficina. Pronto buscaré unos días libres para que nos vayamos de vacaciones.
—En lugar de perder el tiempo en eso, deberías estar castigando a tu hijo.
La Señora Lucero sentía que el mundo entero estaba en su contra. Ella dedicaba su vida a planear el mejor futuro para la familia y nadie le daba siquiera las gracias.
—De acuerdo, lo llamaré ahora mismo para regañarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector