¿Ah?
Gilda entrecerró los ojos y, apuntando con la barbilla hacia el escritorio, dijo con total seriedad:
—Estoy en videollamada con Héctor.
Dalia se quedó con la boca abierta, petrificada, sintiendo que el mundo había dejado de tener sentido.
—¿Qué acaba de decir Dalia? Creo que no escuché bien. ¿Me lo repites? —La voz de Héctor, cargada de una extraña mezcla de emociones, resonó por la bocina del teléfono.
—¡Ah! Este... no, es que yo no quería... —Dalia empezó a balbucear, a punto de morderse la lengua del pánico—. ¡Aaah, señorito Héctor! ¡Era broma, se lo juro! Yo no siento nada por la jefa Gilda, de verdad. ¡A mí me gustan los hombres, soy cien por ciento heterosexual! ¡Señorito Héctoooor...!
—Ya, suficiente. —Gilda sintió un poco de lástima al ver que Dalia estaba a punto de tirarse al suelo a llorar del susto—. Anda, sal de aquí y ve a preparar las cosas.
—Gracias, jefa. —Dalia asintió con cara de tragedia, al borde del llanto—. Le prometo que jamás vuelvo a bromear con eso.
Gilda se limitó a sonreír en silencio.
Dalia era de las que hablaban mucho, pero a la hora de la verdad, tenía el valor de un ratoncito.
Una vez que se quedaron a solas, Gilda miró al hombre que reía maliciosamente en la pantalla y le advirtió en voz baja:
—No la asustes así.
—Está bien. Si mi novia lo pide, de ahora en adelante le hablaré con guantes de seda. —Héctor entrecerró los ojos y soltó una carcajada suave—. Al fin y al cabo, ella fue nuestra celestina.
Y era verdad. Si no hubiera sido por la ayuda interna de Dalia, Dios sabía cuánto tiempo más le habría tomado conquistar a su terca zorrita.
—Bueno. —Al escucharlo hablar tantas tonterías, Gilda recordó inevitablemente el sueño de la noche anterior y sintió cómo se le calentaban las mejillas. Por miedo a que él notara su reacción, se hizo un poco a un lado de la cámara—. Sigue trabajando, yo tengo que salir.
—Espera —se apresuró a detenerla Héctor, poniéndose muy serio—. Aún no te he dado el reporte del clima de hoy.
En el hospital.
Las cirugías de Vicente Quintero y su hijo habían sido un éxito. Preocupado por el niño, Vicente se pasó al lado de la cama de su hijo al día siguiente, velándolo hasta que pasaron las veinticuatro horas de peligro.
Al ver entrar a Gilda, Vicente y su esposa cayeron de rodillas sin dudarlo, rompiendo en llanto.
—Si se ponen así, ¿cómo vamos a poder hablar? —Gilda apretó los labios—. Levántense. No es bueno que el niño los vea así.
—Sí, señora. —Vicente ayudó a su esposa a ponerse de pie y se limpió las lágrimas—. Señorita Gilda, en el hospital nos dijeron que usted también pagó los gastos del tratamiento posterior. Le juramos que se lo vamos a pagar, no tenga pendiente. Y sobre Alondra Valeriano, si necesita que declare en su contra, estoy dispuesto a hacerlo. Aunque me metan a la cárcel, yo la ayudaré.
—Si vas a la cárcel, ¿quién cuidará de tu hijo? —Gilda esbozó una media sonrisa y le habló en tono bajo—: Las cosas no han llegado a ese extremo, y además, tú también eres una víctima en todo esto. Solo concéntrense en recuperarse.
Con esa simple instrucción, Gilda se dio la vuelta y salió de la habitación. Al llegar a la puerta, se topó de frente con Elvia Lucero, quien acababa de terminar su espionaje y trataba de escabullirse sin ser vista.
Elvia y Gilda estaban atónitas.

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