Entrar Via

Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1790

Oh, Dios.

Al cruzarse con la mirada directa de Gilda, Elvia giró la cabeza bruscamente e intentó usar su propio cabello para taparse la cara. Empezó a caminar a toda prisa con la cabeza gacha mientras murmuraba sin cesar: «No me ve, no me ve, soy invisible».

Gilda tenía una audición excelente, sin mencionar que Elvia lo estaba diciendo bastante fuerte.

Apretó los labios y, dirigiéndose a la espalda de la mujer, dijo:

—Doña Elvia, la dirección en la que va conduce a los quirófanos.

Elvia frenó en seco. Se quedó parada debatiendo internamente durante un buen rato. Entre la opción de meterse a los quirófanos o enfrentar la humillación, finalmente optó por girarse y encarar a Gilda.

Aferrando su bolso y con pasos torpes en sus zapatos de tacón bajo, caminó hasta quedar frente a la joven.

—Quiero dejar algo muy claro: no estaba escuchando a escondidas a propósito. Vine al hospital a hacerme un chequeo y simplemente iba pasando por aquí. —Elvia desvió la mirada, sintiéndose acorralada, y su voz sonaba completamente nerviosa.

—Mjum. —Gilda asintió sin alterarse y respondió con parsimonia—: El área de consultas y chequeos está en el Edificio A. El área de hospitalización está en el Edificio B. Ambos edificios están bastante lejos el uno del otro.

Al ser desenmascarada con tanta facilidad, a Elvia casi se le cae la cara de vergüenza.

—¡Está bien! Admito que vine hasta acá a propósito —confesó, alzando la barbilla para sostenerle la mirada a Gilda—. Pero cuando decidí venir, no tenía ni idea de que tú ibas a estar aquí.

Las noticias en internet sobre la familia de Vicente Quintero eran desgarradoras. Decían que habían tenido que pedir limosna para la operación y que, para no gastar dinero, el matrimonio compartía un solo panecillo y una botella de agua al día. Vicente, recién salido de la cirugía, sudaba a mares por el dolor en su mano derecha pero, por no tener un centavo, se negaba a que le pusieran analgésicos.

Ella solo quería venir a ver si era verdad. Y al llegar, comprobó que la situación era una verdadera tragedia. Pensar que todo eso era obra de Alondra, le provocó escalofríos.

En este preciso instante, sentía un genuino alivio de que Gilda hubiera desenmascarado la verdadera cara de Alondra.

—Que yo esté aquí no le impide ir a visitar a los pacientes —dijo Gilda con un tono neutral. Luego, se agachó a recoger un arete de zafiro del suelo y se lo tendió—: Se le cayó esto.

—¿Ah? —Elvia se tocó instintivamente la oreja y se dio cuenta de que efectivamente le faltaba un arete.

—Gracias... —Lo tomó, sintiéndose increíblemente incómoda al agradecerle.

Solo de imaginar esa escena, la sonrisa no le cabía en el rostro.

—Señor Lucero, los equipos ya están ajustados. Podemos empezar cuando ordene —informó un miembro del equipo de forma respetuosa.

—Excelente. —Héctor asintió y caminó hacia el borde de la ladera. Observó los drones suspendidos en el aire y dio la instrucción—: Cuenta regresiva de diez segundos. Despeguen.

Tras el conteo, una docena de drones se elevaron lentamente en el aire.

Unos estaban diseñados para transportar cargas extremadamente pesadas. Otros volaron hacia las fuentes de agua y regresaron con las muestras. Incluso había uno con capacidad para transportar a una persona.

Estaban poniendo a prueba un sinfín de posibilidades para la tecnología de los drones de manera simultánea.

La prueba duraría aproximadamente media hora.

Durante todo ese tiempo, Héctor permaneció sentado frente a su computadora, con los audífonos puestos, observando minuciosamente cada dato del vuelo.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector