Decidió emprender su propio negocio y se fue a ese lugar remoto y olvidado de Dios para hacer pruebas con esos drones.
—Tú... —Doña Elvia abrió la boca para despotricar, pero en ese momento vio entrar a Aldana.
La joven la miró fijamente.
Las palabras se le atoraron en la garganta a Elvia. Volvió a su asiento en silencio y continuó llorando, aferrada al brazo de su marido.
Gilda no dijo ni una palabra. Caminó hasta la última fila y se sentó.
Llevaba una gorra que le cubría gran parte del rostro.
Aparte de sus labios apretados en una línea fina, nadie podía distinguir su expresión.
Aldana la observó un momento y le dijo a Rogelio:
—Vámonos.
—Sí. —Rogelio dio la orden, regresó al lado de Aldana y le tomó la mano.
Aldana, sin decir nada, entrelazó sus dedos con los de él y se recargó en su pecho.
***
No supieron cuánto tiempo pasó.
El avión comenzó a descender.
Aún no se había detenido por completo cuando Elvia se puso de pie, desesperada, gritando:
—¡Abran la puerta! ¡Quiero ir con mi hijo ahora mismo!
—Señora... —El asistente de vuelo miró a Rogelio con nerviosismo. El avión seguía carreteando por la pista, aún no llegaban a la zona de desembarque. Pero con el estado de Elvia, no se atrevía a decir mucho.
—Tía Elvia, faltan cinco minutos —intervino Rogelio con calma—. Estamos en territorio extranjero, hay que acatar sus normativas.
—¡Pero si ya estamos en tierra! ¿Por qué no me dejan salir? —Elvia tenía los ojos completamente hinchados y el cabello despeinado; parecía estar al borde del colapso—. ¡Abran la puerta, abran de una vez! —gritaba, tan alterada que ni Don Segundo lograba calmarla.
—Tía, si no guarda silencio, se quedará aquí adentro y no saldrá para nada —dijo Rogelio, levantándose mientras se ajustaba la corbata, con voz grave y autoritaria.
—Rogelio Lucero, soy tu tía. ¿Cómo te atreves a hablarme así? —lo enfrentó con furia—. ¿Estás feliz porque mi hijo tuvo un accidente y ya nadie competirá contigo por la herencia, verdad?

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