—¿Deberíamos ir al hospital? —insistió Dalia, sin poder ocultar su preocupación—. Vamos a que te revisen. El señorito Héctor está por regresar. Si te ve así, me va a regañar.
—De verdad, estoy bien. —Gilda le acarició la cabeza e intentó esbozar una sonrisa—. Solo necesito descansar un rato.
En el pasado, cuando entrenaba al límite, a veces le pasaba algo similar.
Solo que esta vez le dolía más.
No solo eso; sentía una enorme opresión en el pecho, como si le faltara el aire.
—Está bien... —Dalia sabía que no podría convencerla. Decidió esperar a que llegara el señorito Héctor; él seguro sabría cómo llevársela al doctor.
—Gilda, entra a descansar. Yo me encargo de limpiar esto —dijo Dalia, tomando la escoba. En ese momento, otra empleada se acercó corriendo:
—Entrenadora Gilda, la buscan al teléfono.
—¿Ah? —Gilda se quedó en blanco unos segundos antes de darse cuenta de que había estado tan distraída que olvidó por completo su celular.
—Gracias —dijo al tomar el aparato. Vio que era una llamada de Aldana y se sorprendió—. Aldi, ¿qué pasa?
Aldana nunca le llamaba a esa hora.
—Gilda, estoy afuera del estudio. Sal ahora mismo.
—¿Qué sucede? —Gilda frunció el ceño al escuchar el tono extraño de Aldana.
—Héctor tuvo un accidente.
Al escuchar esas palabras, Gilda se quedó paralizada. Tardó una eternidad en asimilarlo.
Finalmente, recuperó la voz y preguntó en un susurro:
—¿Qué?
—Hubo fuertes vientos en el camino de regreso y causaron un deslave. El auto de Héctor fue arrastrado por la montaña. Los equipos de rescate acaban de llegar al lugar.
Al tratarse de una zona montañosa cubierta de barro, la maquinaria pesada no podía entrar. Todo el rescate se hacía de forma manual.
Era una tarea sumamente complicada.
—Gilda, ¿estás bien? —Dalia la sujetó de inmediato al ver que su rostro había perdido todo el color.


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