Tenía rasgos finos, un aire distinguido, y una apariencia limpia y dulce que resultaba muy agradable. «¿No haría buena pareja con mi nieto desobediente?», pensó.
—Las agujas no se pueden retirar hasta dentro de dos horas —le recordó Aldana mientras guardaba sus cosas en la mochila.
—¿Tanto tiempo? —a Marcela se le iluminaron los ojos y, con una sonrisa afectuosa, dijo—: ¿Te importaría acompañarnos a casa?
—Así mi familia podrá agradecértelo como es debido.
Aldana miró la hora. Casi las seis. Si regresaba muy tarde, Serena se preocuparía.
—Lo siento, tengo otros asuntos —Aldana negó con la cabeza, rechazando la oferta.
—Ah, ya veo —Marcela, algo decepcionada pero sin querer insistir, propuso otra idea—: Entonces, ¿puedo agregarte a WhatsApp para devolverte las agujas?
Las agujas eran importantes. Estaban hechas de un material especial, no había otro juego igual en el mundo.
«¿Otra vez WhatsApp?», pensó Aldana, frunciendo el ceño. Últimamente, ¡demasiada gente quería agregarla!
—Está bien —pensando en sus agujas, Aldana intercambió contactos con Marcela. Tras darle unas breves indicaciones, asintió levemente y se fue en el autobús.
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Mientras el autobús se alejaba, Marcela retiró la mirada con pesar y se acordó de avisarle a su nieto:
—Rogelio, ya encontramos a tu abuelo.
—Tuvo suerte, una jovencita que sabe de medicina lo atendió. Ya está fuera de peligro.
—Qué bueno que lo encontraron —dijo Rogelio, frotándose las sienes. El corazón finalmente se le calmó.
—Llevo muchos años en esto, no me equivoco. Esa chica es, sin duda, una experta en medicina.
Tras terminar la llamada, Rogelio levantó una ceja con aire perezoso y miró a Iván en el asiento del conductor, preguntando con tono indiferente:
—¿Qué hay de Atenea?
—Jefe, rechazó la oferta.
Atenea era una eminencia en el mundo del diseño de joyas, especializada en piezas personalizadas. Sus diseños, llenos de originalidad, eran muy codiciados por la alta sociedad. Desafortunadamente, era una persona discreta y caprichosa, y solo aceptaba encargos cuando le apetecía. Y así fue. Incluso cuando el jefe ofreció una suma de ocho cifras para que diseñara una joya para Marcela, fue rechazado.
—¿Le subiste el precio? —las cejas oscuras del hombre se fruncieron, y una sombra de fastidio tiñó su rostro severo y distinguido.
—Sí —respondió Iván con honestidad—. Dijo que, ejem, no le hacía falta ese dinerito.
¿Un "dinerito" de ocho cifras?
¡Qué arrogancia!

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