No había ningún rumor de que en verdad fuera a quedar inválido.
Si él había vuelto, Gilda definitivamente también lo había hecho.
Y todo ese silencio de los últimos días tal vez significaba que estaban preparando un golpe maestro.
—Bueno, mañana quedé de ir a hacerme las uñas con una amiga. Ya me voy a dormir.
Alondra bostezó, arrastrando las palabras con pesadez.
—Tengo mucho sueño. Hasta mañana.
—¡Alondra!
Doña Regina frunció el ceño, queriendo reprenderla más.
—Ah, es cierto —Alondra se detuvo de pronto y, dándose media vuelta hacia ella, añadió—: Dile a mi papá que me transfiera otros cinco millones de pesos a la tarjeta. Vi una bolsa que quiero, pero me exigen comprar un montón de cosas antes para poder llevármela.
—¿A tu papá?
Doña Regina no podía creer que ella misma hubiera criado a una hija así, y se sintió exasperada.
—Si tu papá se entera de tus gracias, te mata a golpes.
—Mi papá no haría eso —respondió Alondra con aire de superioridad—. Pase lo que pase, sigo siendo su hija.
Doña Regina sacudió la cabeza, con el rostro pálido de angustia.
Entre el imperio familiar y una hija, ella sabía perfectamente lo que su marido elegiría.
Durante los dos días que Alondra estuvo desaparecida, él la había interrogado implacablemente.
No quería ni imaginar lo que pasaría ahora.
—Independientemente de lo que pase, no salgas de esta casa en los próximos días —le advirtió Doña Regina con tono sombrío—. Porque si algo sucede, te juro que no podré salvarte.
—Sí, sí, ya entendí.
Alondra, harta de escucharla, asintió sin prestarle atención. Con su bolso de marca en mano y sobre sus tacones altos, se fue tambaleando hacia su habitación.
¿Que pasara algo?
No creía que Gilda tuviera las agallas de tocarla.
Su abuelo hablaba muy rudo, pero en el fondo era de corazón blando; llegado el momento, la protegería.
***
Al día siguiente.
Alondra se despertó con la llamada de su amiga, confirmando su cita para la manicura.
—Mi mamá está de guardia en la sala vigilándome —murmuró Alondra, asomándose al pasillo con molestia—. De verdad, mi mamá es demasiado miedosa.
Sí, ella había cometido un error, pero nadie se había muerto.
A lo mucho, pagaría una indemnización.
Pero esa solterona de Gilda se había atrevido a pedir una fortuna.

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