—Cuando nos casemos, verás el alto nivel de poder que tienen las mujeres en la familia Lucero.
¿Casarse?
El recuerdo de haberle propuesto matrimonio hizo que el rostro de Gilda ardiera un poco.
—¿En qué piensas?
Héctor, notando su reacción, se inclinó hacia ella con disimulo.
—Me duele un poco la herida. Quisiera un poco más de mi analgésico.
—Si te duele, llama al doctor. Yo no sé curar enfermos —Gilda le apartó la cara con la mano—. Duérmete. Voy a averiguar qué está pasando con la familia Valeriano.
Héctor quería ayudarla, pero el cuerpo no le daba para más, así que solo pudo quedarse mirando el techo.
Esa herida no podía haber llegado en peor momento.
***
En la habitación de al lado.
Gilda y Aldana Carrillo estaban en el balcón, cada una disfrutando de una paleta de caramelo.
—Las pruebas están todas listas. Podemos lanzar la red cuando quieras.
Aldana habló con tranquilidad.
—Supe que tus suegros vinieron a verte.
—Sí —asintió Gilda suavemente, luciendo ligeramente incómoda—. Doña Inés acaba de agregarme a mensajes y me mandó un montón de fotos para que elija regalos.
—¡Vaya!
Al ver las imágenes en la pantalla, Aldana alzó las cejas y sonrió de medio lado.
—La abuela te adora en serio. Varias de esas cosas son sus tesoros más preciados.
—No me siento cómoda aceptándolas —Gilda frunció los labios—. Son joyas muy valiosas que jamás usaré.
»Además, Héctor y yo solo somos novios...
—Pero si ya hasta le pediste matrimonio —bromeó Aldana, parpadeando con inocencia.
—Aldi...
Gilda giró la cabeza para fulminarla con una mirada cargada de resentimiento.
De no haber sido porque ella y ese perro de Héctor se aliaron para engañarla...
¿Cómo diablos habría terminado proponiéndole matrimonio a Héctor?
Se moría de vergüenza.
—Mi culpa, mi culpa —Aldana levantó las manos en señal de rendición.
—Ay, tú —Gilda nunca podía enojarse de verdad con esta hermanita suya.
Le pellizcó la mejilla con ternura y suspiró con impotencia.
—No tengo remedio contigo.
»Ya es muy tarde, ve a descansar.

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