¿De verdad sus abuelos habían ido a visitar al enfermo?
Prefería no desenmascararlos para no quedar en ridículo.
—Doña Inés, Don Ignacio —saludó Gilda, poniéndose de pie al instante por cortesía.
—No seas tan formal, muchacha. Puedes llamarme abuela, igual que este mocoso —respondió Doña Inés. Aunque había visto a Gilda antes, siempre había sido de pasada y nunca la había observado detenidamente.
Doña Inés le tomó las manos con una sonrisa radiante.
—La última vez que nos vimos fue en la boda de Aldi, ¿cierto?
—Así es.
Gilda parpadeó, sintiéndose un poco rígida ante tanta confianza al responder.
—Cuánto tiempo sin vernos, mi niña —continuó Doña Inés, sin quitarle los ojos de encima.
Vaya, vaya.
Alta, delgada, con facciones finas, una mirada serena y un porte imponente que no pasaba desapercibido.
Era obvio que no era como esas mujercitas frívolas que solo vivían para ir de compras y maquillarse.
Digna hermana de Aldi; se notaba a leguas que era una joya.
Sus dos nietos sí que tenían buen ojo para escoger mujeres.
Gilda: (*• . •*)
Sintiéndose avergonzada bajo la atenta mirada de la anciana, Gilda intentó soltarse sutilmente, pero Doña Inés era demasiado entusiasta y no la soltaba.
—Señorita Gilda, muchísimas gracias por cuidar a este vago todo este tiempo.
Doña Inés le dio unas palmaditas en la mano, sonriendo de oreja a oreja.
—Cuando tengas tiempo, ven a visitarnos. La abuela te preparará cosas deliciosas.
Si a Aldi la habían conquistado por el estómago, seguro que Gilda, siendo su hermana, caería igual.
Al fin y al cabo, todo quedaba en familia.
—No hay de qué —Gilda no estaba acostumbrada a tanta intimidad—. Abuela, abuelo, por favor tomen asiento.
—Claro, mi niña.
Doña Inés aceptó de boca, pero seguía sin soltarle las manos, mirándola embelesada.
Gilda parpadeó un par de veces, con el ceño tan fruncido que podría haber atrapado una mosca entre sus cejas.
—Abuela.
—Bendito sea el cielo, tenemos que agradecerle —Doña Inés juntó las manos mirando hacia arriba de inmediato—. La abuela también escuchó que Gilda no se apartó de tu lado, ni siquiera cuando creyó que quedarías en silla de ruedas.
—Sí.
Al mencionar el tema, Héctor sintió una punzada de culpa.
—Al principio solo queríamos ver su reacción. Nunca imaginé que se lo tomaría tan en serio.
¡Hasta le había pedido matrimonio!
Eso se suponía que debía ser parte de su plan.
—Gilda es una chica de oro —suspiró Doña Inés, antes de advertirle con severidad—. Héctor, más te vale tratarla como a una reina, ¿me oyes?
—Lo sé —asintió Héctor obediente, con una sonrisa traviesa—. El lema de la familia Lucero: hazle caso a tu esposa y te harás rico. Lo tengo muy presente.
—Pero... —Héctor hizo una pausa, dejando asomar su preocupación—. Ella habló de casarnos pensando que yo no podría volver a caminar. Ahora no sé qué esté pensando Gilda...
—Si la muchacha no acepta, eso solo demuestra que aún te falta esforzarte más.
Doña Inés se lo explicó con paciencia.
—Tienes que enamorarla hasta que esté cien por ciento dispuesta. ¿Entiendes?

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