—Lo sé —asintió Héctor—. Esperaré a que ella termine de encargarse del asunto de Alondra Valeriano antes de proponérselo.
Por más que se muriera de ganas de llevársela al altar, temía ahuyentarla si la presionaba.
Antes de irse.
Doña Inés se aferró a Gilda con renuencia y se quedó platicando con ella un rato más.
Le aconsejó:
—Con lo de la familia Valeriano, actúa sin miedo. No te dejes intimidar por esos monstruos; la familia Lucero es tu mayor respaldo.
—Gracias, señora —respondió Gilda en voz baja.
—¿No te dije ya que no me llames señora, sino abuela?
Doña Inés fingió estar ofendida.
—Si sigues tratándome como a una extraña, esta pobre anciana se va a poner muy triste.
Gilda alzó la vista, cruzó miradas con Héctor y cambió la forma de dirigirse a ella:
—Gracias, abuela.
—No hay de qué, mi niña, no hay de qué —Doña Inés sonrió de oreja a oreja—. Salimos con tanta prisa que no te traje ningún regalo. Pero la próxima vez que nos veamos, te prometo que te traeré algo.
—No tiene que molestarse —Gilda se sintió abrumada—. No me hace falta nada.
—No es molestia, para nada —Doña Inés agitó la mano restándole importancia—. Lo que sobra en la familia Lucero es dinero. En mi colección tengo tesoros y cosas rarísimas; te aseguro que encontrarás algo que te encante.
—¿Verdad, viejo?
El pobre Don Ignacio, que no había podido meter ni una palabra en toda la visita, asintió vigorosamente al ser mencionado.
—Claro, claro. Si quieres, la llevamos directamente a la bóveda para que escoja.
—¡Excelente idea! —Doña Inés le levantó el pulgar en señal de aprobación—. Dile al personal que vaya organizando todo para que a nuestra niña Gilda le sea más fácil elegir.
—De verdad no es necesario —murmuró Gilda, pero nadie pareció escucharla.
Los dos ancianos seguían debatiendo mientras se dirigían a la puerta.
Gilda miró a Héctor con resignación y le exigió en voz baja:
—Diles a tus abuelos que no se molesten.
—¿Yo?
Héctor se señaló la cara con sorpresa.
—En esta familia mi estatus es tan bajo que ni te lo imaginas, no tengo derecho a opinar.
La Liga de Hackers había asignado el caso a un investigador novato.
En menos de dos horas habían dado con su paradero, con la dirección exacta, número de puerta incluido.
Estos días, Gilda había estado tan ocupada cuidando de Héctor que no le había prestado atención a la familia Valeriano.
Alondra debió creer que a Gilda le había dado miedo, porque ya andaba paseándose por los centros comerciales a escondidas.
Ja.
Qué ilusa.
—Lo que decidas hacer, yo te apoyo —Héctor la miró con profunda seriedad—. Siempre estaré en tu mismo bando.
Gilda arqueó una ceja.
—¿Y si mato a alguien?
—Yo te paso el cuchillo —sonrió Héctor—. El lema de la familia Lucero dice que hay que obedecer a la esposa para tener éxito. Míralo a mi hermano, siempre obedece a mi cuñadita en todo.
Gilda lo pensó un instante. Era verdad, Rogelio Lucero era bastante dócil.
A veces.
Hasta le daba la impresión de que él no tenía absolutamente ningún estatus frente a Aldana.

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