—Retírate.
Lourdes apartó la mirada y continuó caminando al compás de sus tacones.
El joven se quedó clavado en el suelo, con los ojos pegados a la espectacular figura de Lourdes, incapaz de desviar la mirada por un largo rato.
Había escuchado que el chico mantenido de la Srta. Yáñez llevaba tres años con ella y tenía a todo el casino en el bolsillo.
Por lo visto...
Si quería arrebatarle su lugar de forma definitiva, tendría que esforzarse mucho más.
***
Al pasar cerca de un salón privado.
Lourdes sacó su teléfono, dispuesta a llamar a Darío.
Pero un hombre apoyado en un bastón le cerró el paso de golpe.
—Qué coincidencia, Srta. Yáñez. Volvemos a encontrarnos.
Camilo llevaba un traje impecable, vestido con tanta pulcritud que a simple vista parecía un verdadero caballero.
Lourdes levantó la vista y reconoció de inmediato al hombre con el que había tropezado por accidente el día anterior.
—Hola.
Guardó el teléfono, curvó sus labios rojos y esbozó una sonrisa que mezclaba cortesía con una clara distancia:
—¿Fueron de su agrado las bebidas de ayer?
—No pensé que la Srta. Yáñez se acordaría de mí. —Camilo clavó sus ojos en ella descaradamente.
El día anterior llevaba un vestido verde que le quedaba de maravilla, pero el rojo de hoy la hacía ver aún más espectacular.
Con esa cinturita y esas piernas tan esbeltas, al tacto debía sentirse increíble.
—Por supuesto.
La mirada de Lourdes se volvió unos grados más fría, y sonrió sin que la expresión llegara a sus ojos:
—Usted es el cliente nuevo más respetado de nuestro casino.
Y además...
Caminando con esa pierna coja, parecía el pato Donald.
Era imposible no recordarlo.
—La Srta. Yáñez es tan inteligente como encantadora —soltó Camilo en una sonora carcajada—. Acabo de pedir que me abran una botella del Reserva Especial de 1983. Me preguntaba si tendría el inmenso honor de invitar a la Srta. Yáñez a degustarlo conmigo.
El Reserva Especial de 1983 era una de las joyas más costosas del Casino Costa Oeste.
El precio de una sola botella rondaba los diez millones de pesos.
Casi ningún cliente se atrevía a pedir una botella tan exclusiva.
Lourdes lo miró de reojo, preguntándose de qué familia rica habría salido ese derrochador.
—Lo siento, pero últimamente soy alérgica al alcohol.
—Qué fiera, me gusta.
Lourdes Yáñez...
Muy pronto, haría que cayera de rodillas suplicando a sus pies.
***
Apenas Lourdes dejó su bolso, una fuerte oleada de náuseas le revolvió el estómago.
¿Acaso el olor a alcohol de Camilo era demasiado penetrante?
¿O era el perfume tan fuerte del chico nuevo?
Cuanto más lo pensaba, más se le revolvía todo.
Incapaz de contenerse, salió corriendo hacia el baño.
Como casi no había desayunado nada, lo único que vomitó fue ácido gástrico.
—Ugh...
Se apoyó en el lavamanos y levantó la cabeza poco a poco. Al ver su propio rostro, pálido como el papel en el espejo, frunció el ceño con preocupación.
Cuando Aris Guzmán acababa de fallecer, ella no lograba salir del hoyo y llegó a sufrir exactamente los mismos síntomas.
¿Acaso su enfermedad mental había empeorado a tal grado?

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