Al parecer...
Iba a tener que volver a ver a su médico.
Aunque era cierto que sentía que no podía soportar más y a veces solo quería acabar con todo y desaparecer.
Sin embargo, acababa de reencontrarse con su verdadera familia, y apenas había podido pasar tiempo con ellos.
Además, aún no dejaba todos los asuntos del casino en orden.
Morirse ahora sería demasiado irresponsable.
Pensando en eso.
Lourdes tomó su teléfono y marcó el número del Dr. Horacio:
—Necesito platicar con usted.
***
Una hora más tarde.
Lourdes llegó a la clínica psiquiátrica privada.
Quien la recibió fue un médico de edad madura, con el cabello ligeramente canoso y una amplísima experiencia.
—Srta. Yáñez, qué sorpresa verla —dijo el Dr. Horacio, algo asombrado, dedicándole una sonrisa afable y paternal—. ¿Cómo es que...? Creí que no nos volveríamos a ver.
Al fin y al cabo, ella se había mantenido muy estable los últimos tres años.
Él estaba convencido de que ella ya había superado el trauma.
—Lamento molestarlo de nuevo.
Lourdes se sentó frente a él y, con el rostro aún pálido, le explicó detalladamente cómo se había estado sintiendo en los últimos días.
Letargo.
Náuseas.
Y ataques repentinos de ganas de llorar.
—Aparte de eso, ¿ha presentado algún otro síntoma? —preguntó el Dr. Horacio, tomando notas meticulosamente.
—No.
Lourdes se quedó pensativa unos instantes, y de pronto añadió con una sonrisa amarga:
—Bueno, a veces también me dan ganas de morirme.
—Tonterías —la regañó el Dr. Horacio con una mirada dulce; aunque parecía un regaño, su tono era inmensamente compasivo—. Me prometió que no volvería a usar esa palabra tan a la ligera.
—Ok, ok.
Lourdes levantó las manos en señal de rendición, apoyó la barbilla en la mesa y preguntó:
—¿Mi condición está empeorando? ¿Vamos a tener que aumentar la dosis del medicamento?
Y eso que ya estaban reduciendo las dosis progresivamente...
—Tengo unas cuantas preguntas, y puede que algunas sean algo íntimas. ¿Le parece bien?
—Con usted, no tengo secretos.
Lourdes se quedó pegada a la silla, sintiendo como si le hubieran dado un martillazo en la cabeza, y su mente se quedó completamente en blanco.
Sí hubo una vez que no usaron protección.
Pero ella se había tomado la pastilla, ¿no?
—Vaya al hospital a hacerse la prueba. Si resulta no ser un problema de esa índole, entonces retomaremos sus terapias psiquiátricas.
El Dr. Horacio acompañó a Lourdes hasta la puerta. Al verla tan pálida y consternada, no pudo evitar preocuparse:
—¿Dónde está su guardaespaldas personal? ¿Quiere que lo llame para que venga a recogerla?
—¡No, para nada!
Lourdes rechazó la oferta de inmediato, alterada y con la mirada extraviada.
—¡Puedo manejar sola hasta mi casa!
Darío no tenía idea de que ella veía a un psiquiatra.
Y no tenía ninguna intención de que se enterara de esto tampoco.
—Vaya con mucho cuidado.
El Dr. Horacio se quedó parado en la entrada. Al ver su reacción tan desmedida, ya se imaginaba quién era el protagonista de esa historia.
Seguramente era el apuesto guardaespaldas que siempre la acompañaba.
Y es que ella lo mencionaba frecuentemente en sus sesiones, aunque siempre fuera para quejarse de él.

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