—Ya llegaste.
Sania respondió al saludo, pero su mirada se posó en el hombre alto, elegante y apuesto que estaba al lado de su hija, y preguntó intrigada: —Este muchacho se me hace conocido.
—Buenos días, señores.
Darío se dio la vuelta, se inclinó ligeramente y respondió con mucho respeto: —Soy el guardián de la señorita Yáñez, Darío Alzamora.
¿Guardián?
Sania se quedó paralizada unos segundos, pero pronto lo recordó.
La última vez que lo vio en la entrada, fue el chico que la besó a la fuerza, recibió una bofetada y aun así sonreía como si nada.
¿Todavía no lo habían despedido?
¿Era un guardián de verdad?
El chico era bastante apuesto.
—Hola, hola —dijo Sania, evaluando a Darío; se veía impecable y muy educado.
Había escuchado que en los últimos tres años, Lourdes solo había tenido a ese guardián.
Seguramente la cuidaba muy bien.
—Así que tú eres el guardián de Lourdes —dijo Sania con una sonrisa—. Muchas gracias por cuidar de esta niña todo este tiempo.
—Tiene un carácter difícil, de seguro te hace pasar muchos corajes, ¿verdad?
—¡Yo no tengo un carácter difícil!
Lourdes se cruzó de brazos, frunció el ceño y le reclamó indignada: —A ver, Darío, diles... ¿acaso te he tratado mal?
—¿Mmm?
Darío miró a Lourdes, con una leve sonrisa en los labios, y negó con la cabeza: —La señorita siempre ha sido muy buena conmigo, nunca me ha hecho sentir mal.
¿Nunca?
Sania la vio darle una cachetada con sus propios ojos.
Y también la había escuchado insultarlo por teléfono.
¿Acaso era... un juego de pareja?
—Qué bueno que no lo hace.
Sania le lanzó a su hija una mirada llena de intenciones y dijo suavemente: —Si llega a tratarte mal, puedes decírmelo con confianza.
—¿De quién eres madre, de él o mía? —Lourdes hizo un puchero, tan furiosa que casi echaba humo.
Además...
Se suponía que era la primera vez que se veían.
¡Su madre parecía encantada con Darío!

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